Los años nunca volverán

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Publicado: 19 sep 2026 - 06:40
Isaac Pedrouzo
Isaac Pedrouzo | La Región

Nadie te dice cuáles son los mejores años de tu vida. Nadie te detiene un segundo para decirte “es ahora, aprovéchalos de verdad”. Y mientras tú no eres capaz de detectarlos, las etapas se suceden en su orden correspondiente y simétrico.

El colegio, la carrera, casarse, tener hijos, tener una casa. Dejar el alcohol, las drogas. Fumar los viernes. Afirmar que los domingos es mejor madrugar, que los jóvenes de ahora no son como los de antes. Jugar al pádel, salir a correr o, qué sé yo, peor, hacer crossfit. Sentar cátedra en publicaciones de Facebook. Compartir fotos en Instagram de las comidas de los sábados.

Sarai nunca se planteó si estaba viviendo los mejores años de su vida. Si los había vivido ya. Si estaban por llegar o, en realidad, es que la vida no se trata de una competición temporal.

Uno vive y ya está.

Los años nunca volverán.

Ella decidió casarse a los veintialgo. Que a los treinta ya te dicen que se te va a pasar el arroz, que tienes que apurarte que luego no hay paciencia. Sarai vivía en una familia tradicional donde la mayoría habían desperdiciado los años con decisiones clasistas cargadas de presión social. Depresión social también.

Se casó por la iglesia, que a su abuela le hacía ilusión verla rendirse a la fe. Nada mejor que aferrarse a algo abstracto que nadie te puede quitar.

No pudo decidir el vestido, ni el restaurante, ni siquiera pudo escoger de todo a su marido. Que a ella quien le gustaba de verdad era el Miguel, pero como trabajaba de mecánico le dijeron que era mejor casarse con Héctor De La Torre que en realidad hacía los cafés en el bufete de su padre. Pero que algún día lo heredaría. Nunca sucedió.

El día de la boda todo transcurría como en el guion establecido: dientes y la espalda recta.

La comida fue eterna. Como tu casa en la oscuridad.

Sarai se me acercó cuando la barra libre ya estaba encauzada, pues era yo el encargado de poner la música. – Ahora voy a subir a hacer el cambio de vestido, mi amiga te avisará para poner una canción y entraré de nuevo en la sala- asentí y aguardé la espera entre canciones de catálogo de fiesta nupcial. Desde que me dejaste, que quiero sentir tus labios besándome otra vez.

“Ahora ahora, pon Follow The Leader” me dijeron desde lejos.

Sarai, envuelta en un disfraz de langostino recorrió la sala danzando entre saltos. Un paso izquierdo, un paso derecho. ¡Sígueme! ¡Sígueme!

Un aquelarre imprevisto sanador de cualquier resquicio de aburrimiento.

La madre de Sarai la cogió por los bigotes y se la llevó a su habitación. Volvió vestida de novia. Permaneció el resto de la noche de pie. Impávida. Enseñando los dientes.

Se divorció a los pocos años. Ahora le lleva las cuentas del taller al Miguel. Sarai se pone el disfraz de langostino cada nochevieja.

Los años nunca volverán.

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