Roberto González
Mercosur e o campo galego
Desde hace décadas, y al igual que otros profesionales, los economistas venimos reflexionando de forma recurrente sobre la relación causal entre dimensión urbana y crecimiento. En tal sentido, tendemos a destacar la relevancia de la concentración de actividades productivas y población como fuentes generadoras de rendimientos económicos adicionales y crecientes. Es decir, la literatura académica ha considerado que la aglomeración es una forma eficiente de organización de las relaciones humanas, que permite construir una ventaja comparativa sobre los hábitats dispersos y, por tanto, favorece el desempeño económico a nivel territorial. No obstante, de un tiempo a esta parte, algunos autores han puesto el acento en como la interacción y cooperación entre ciudades facilita la disponibilidad de una cierta “dimensión prestada” y, por consiguiente, posibilita que las áreas urbanas involucradas en estructuras de partenariado obtengan rendimientos superiores a los que se corresponderían con su tamaño particular.
Sea como fuere, la historia ilustra cómo, a lo largo de los siglos, las ciudades se han erigido en realidades socioeconómicas abiertas que han tendido a interactuar entre sí configurando estructuras relacionales con cierto grado de estabilidad.
En consonancia con esta última reflexión, es constatable la existencia de redes de ciudades en un horizonte temporal de más de seis mil años, cuyas primeras concreciones se remontarían cuando menos a las grandes civilizaciones que vieron la luz en las cuencas de los ríos Indo, Éufrates y Tigris. De igual forma, y con mayor grado de proximidad espacial, el segundo y primer milenio a.C. fueron testigos de la articulación de sistemas urbanos de carácter comercial, que sustentaron las expansiones coloniales de fenicios y griegos a lo largo del Mediterráneo clásico. Así mismo, el desarrollo de un entramado administrativo y militar urbano posibilitó la hegemonía de Roma y contribuyó a la consolidación de las conquistas imperiales, al tiempo que reproducía en las provincias los estándares y arquetipos de la metrópoli latina. Pero más allá de estas referencias milenarias, tal vez la lógica de los sistemas urbanos alcanzase su mayor esplendor en el Medievo europeo con la vertebración de las ciudades flamencas y toscanas, contribuidoras significadas de la eclosión renacentista, o con la conformación de la Liga Hanseática, que facilitaría la expansión de la imprenta y de una lengua y un sistema legal común en los territorios del Báltico. Sea como fuere, la historia ilustra cómo, a lo largo de los siglos, las ciudades se han erigido en realidades socioeconómicas abiertas que han tendido a interactuar entre sí configurando estructuras relacionales con cierto grado de estabilidad. Redes integradas por nodos vinculados mediante infraestructuras de transporte y comunicación, que posibilitaron el intercambio de bienes y servicios, factores de producción, personas, información, conocimientos e innovaciones.
Con este marco de referencia, no es una cuestión menor que las ciudades termales contemporáneas hayan interiorizado como el trabajo en red facilita la generación de oportunidades de crecimiento económico y que, en el año 2009, viese la luz la Asociación Europea de Ciudades Termales e Históricas (EHTTA). Una iniciativa de partenariado auspiciada por Acqui Terme (Italia), Bath (Reino Unido), Ourense (España), Salsomaggiore (Italia), Spa (Bélgica) y Vichy (Francia)), que en la actualidad acoge del orden de 50 ciudades y territorios termales interesados en salvaguardar su patrimonio y herencia cultural, propiciar la investigación en el sector balnear y fomentar el desarrollo de un producto turístico compartido. Fruto de esta inquietud, desde julio de 2021 siete miembros de la EHTTA, que conforman el colectivo de los denominados Grandes Balnearios de Europa, detentan el estatus de Patrimonio de la Humanidad otorgado por la Unesco, ya alcanzado previamente por la Ciudad de Bath a título particular en 1987. Pero a nadie se le escapa que no todas las ciudades termales europeas han sabido identificar de igual manera los potenciales beneficios que conlleva cooperar con áreas urbanas de similar naturaleza. Como hemos comentado en otras ocasiones, levantar la vista, observar, analizar y aprender de aquellos que tienen éxito siempre resulta una buena estrategia a la hora de intentar alterar el curso de los acontecimientos en interés propio.
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