Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Fue una alegría para mí compartir un Foro de este periódico con Mariano Muniesa. El Foro trató sobre los Rolling Stones. Cuesta creerlo, Mariano ha estado en alrededor de 40 conciertos de la banda en distintos continentes.
Desde la niñez y la adolescencia quedó cautivo de la banda británica. Te cuento, hermano lector, tenía Mariano apenas 15 años cuando supo que los Stones actuarían en Madrid en junio del 82. España jugaba el Mundial. El madrileño ya presentía que la música y el rock eran lo suyo: “Cielo santo, los Stones en mi ciudad, tengo que estar allí aunque me juegue la vida”. Mil veces le rogó a su padre que le dejase ir pero él no estaba por la labor. Y encima, época de exámenes. Por fin su padre le puso una condición: “Tienes que aprobar todo”. Ay, nuestro hombre se vino abajo. Inevitable siempre suspendía las jodidas matemáticas. Pero cuando tipos como él tienen un sueño van a por él con el cuchillo entre los dientes.
Qué tipo legal y auténtico Mariano Muniesa. A su lado, como un ángel guardián, su maestro el Mariskal Romero
“Pum, pum” ¿Puedo entrar profesor? Allí estaba un poco tembloroso en el despacho del profesor. Imagináte, lector, la llorada que le echó. El profe lo miró sorprendido cuando le contó lo del concierto. “Se me quedó mirando pensativo: ‘No te puedo aprobar, no es justo...pero te voy a dar una orientación del examen”. Aprobó, claro.
Cierto, yo también estuve allí aquel día del 82 en el estadio Vicente Calderón. Dice Mariano: “Fue el mejor concierto de mi vida”. Para mí también, aunque dudo entre aquel concierto que vi en Amberes en el 73. Es inevitable que te lo cuente. En la tarde hizo un calor asfixiante en Madrid. Después, al anochecer, comenzó a llover a cántaros. Los sesenta mil que estábamos allí nos entristecimos, seguros de que se iba a suspender. La lluvia es un peligro para los delicados aparatos de sonido. Después arreció entre truenos y relámpagos. “Hay que echarle huevos” pensaron Mick y los suyos. Me froté los ojos, no podía creerlo: saltaron al escenario... cómo te diría, casi feroces. No es extraño que aquel concierto sea una leyenda. Los relámpagos y la intensa lluvia formaron parte del espectáculo.
Lo recuerdo bien, el escenario encharcado. Madrid azotado por la tormenta. El decorado comenzó a moverse mientras Mick, envuelto en una bandera española, cantaba “Satisfaction”. Inevitable recordar la frase de Felipe II: “Yo envié a mis naves a pelear contra los hombres, no contra los elementos”. Pero, hermano, ellos son los Rolling Stones y no se derrotan jamás.
Que no se me vaya la olla, he de escribir sobre Mariano Muniesa. Creció escuchando a los Burning, a los Leño, a Coz, tantos grupos que nacían en el extraradio. El destino lo llevó a los brazos del Pirata y de su maestro, el Mariskal Romero. Una fiebre recorrió sus vértebras cuando de niño vio en aquel mítico “Popgrama”, en 1978, por primera vez a los Stones. Marcaron su vida las imágenes: “En mi vida seré un Stone”. Escribe Muniesa: “Ser un Stone es vivir haciendo frente a todo lo que se te pone delante, siendo fiel a uno mismo, con fortaleza, con ironía, riéndose de la hipocresía y del postureo, mirando a los ojos a la vida y aguantando los golpes como Keith Richards aguantaba los zarpazos del mono de caballo.
Una joya su obra “Eso no estaba en mi libro de los Rolling Stone”. Mariano rastreó todos los archivos para escribirlo. Descubre, por ejemplo que Mick Jagger dudó de protagonizar la mítica película “La naranja mecánica”, de Stanley Kubrick. “Lo que se cuenta en este libro no está en ninguna parte”, escribe Jordi Serra i Fabra. Qué tipo legal y auténtico Mariano Muniesa. A su lado, como un ángel guardian, su maestro el Mariskal Romero.
(Paul McCartney acaba de dar dos memorables conciertos en Madrid. Cuando éramos jóvenes éramos de los Stones o de los Beattles, aunque algunos tiraban a Led Zeppelin. Allá en el 2000, le dieron a McCartney el título de “sir” y Keith Richard le dijo “Puede decir ahora ‘Soy sir Paul’, pero yo soy un Rolling Stone, una piedra que rueda”. Y ya sabes, una piedra que rueda no engendra musgo).
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