En Aragón se suda

DÍAS Y COPLAS

Publicado: 12 feb 2026 - 04:40
Pilar Falcón
Pilar Falcón | La Región

Las elecciones aragonesas traen que la política contemporánea es disciplina del equilibrio sobre alambre y que las formas de afrontar los desafíos pasan por principios o por estrategias. Y luego está, la más practicada con giros y maniobras de emergencia. Los principios quedan bien en los discursos, en campañas, en las camisetas y en las tazas de café motivacionales. Suelen ser rígidos, pesados y poco aerodinámicos. Cuando sopla el viento del desafío, los principios hacen resistencia, como un paraguas barato en mitad de una tormenta. Las estrategias son más flexibles. Se doblan, se estiran y se encogen. Son como ese amigo que siempre dice que se apunta a lo que sea y luego, efectivamente, se apunta.

La oposición es un spa político: te relajas, criticas con gusto y no tienes que cuadrar presupuestos ni explicar por qué las obras duran más que la construcción de la catedral de la Seo.

La estrategia permite sobrevivir, avanzar, retroceder con estilo y, sobre todo, explicar cualquier cosa con cara seria. Y luego están los volantazos, la herramienta favorita de quienes descubren que ni los principios ni las estrategias les sacan del apuro. Es un arte ancestral, se ejecuta rápido, se anuncia solemne y se olvida aún más deprisa. Lo curioso es que, frente a los desafíos, los tres métodos conviven en armonía. Un día se invoca la firmeza de los principios; al siguiente, la astucia de la estrategia; y al tercero, el volantazo salvador que nadie esperaba, pero se comprende. Es como una coreografía improvisada donde cada paso contradice al anterior, pero todos aplauden igual.

Al final, la política se parece mucho a conducir por una carretera secundaria llena de curvas: los principios son el mapa antiguo que nadie quiere tirar, las estrategias son el GPS que recalcula cada cinco minutos y los volantazos… bueno, esos son inevitables cuando aparece una curva inesperada. Lo importante, dicen algunos, es llegar. Otros prefieren disfrutar del trayecto. Y otros, admiten que lo esencial es que parezca que siempre supieron a dónde iban, incluso cuando cambiaron de sentido.

En Aragón, donde el cierzo sopla fuerte y la política lo hace más todavía, las elecciones han vuelto con una ley universal: quien quiere mejorar a veces empeora. Es como cuando organizas una fiesta esperando quedar genial y al final el que triunfa es el que solo venía a por las patatas fritas. En Aragón hay que gobernar, y gobernar significa pactar, negociar, ceder, sonreír cuando no te apetece y hacer encaje de bolillos. Vamos, que ganar es solo el tutorial; el juego empieza después. Y los partidos que no gobiernan han subido como si hubieran descubierto una urna de votos en el Pirineo. La oposición es un spa político: te relajas, criticas con gusto y no tienes que cuadrar presupuestos ni explicar por qué las obras duran más que la construcción de la catedral de la Seo. En Aragón, perder es un concepto relativo porque puedes perder escaños, pero ganar narrativa, perder votos, pero ganar tiempo y tranquilidad. Aquí las derrotas vienen con instrucciones de uso. El resultado final es un mapa político que parece un plato de migas: variado, mezclado y con ingredientes que nadie sabe muy bien cómo se van a combinar. Porque, al final, gobernar en Aragón es pactar, y pactar es un arte que requiere paciencia, café y una resistencia emocional digna de un pastor del Moncayo. Estas elecciones han confirmado que ganar es ganar, que perder no es el fin del mundo y que los que más suben son los que no tienen que gobernar mañana. Y en política, como en la jota, aquí cada uno baila como puede; pero todos acaban sudando.

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