Pilar Cernuda
CRÓNICA PERSONAL
Sánchez rebosa satisfacción
EL ÁLAMO
Tal vez por mi oficio, tal vez porque no me gusta hablar en voz alta, detesto el ruido como concepto, y esto incluye sonido de los martillos hidráulicos, las riñas de gatos callejeros, y los discursos de Irene Montero. Cada vez me siento más en sintonía con el cardenal Sarah, que escribió la obra literaria más bella que jamás se haya dedicado al silencio. Mi aversión al estruendo no es odio al volumen alto, porque soy capaz de reventar los altavoces de mi equipo de música si lo que suena es Loquillo. Es solo desprecio por los sonidos repetidos desagradables, y por las conversaciones caóticas ajenas en voz muy alta, que a menudo son la ruina del escritor que, como es mi caso, acostumbra a hacerlo con su bloc de notas y su pluma estilográfica en las terrazas y cafeterías cercanas. No exijo silencio, tan solo que las palabras no me interpelen.
Vivimos tiempos de insoportable ruido. La monserga climática en la conversación de las calles y las redes sociales es ruido. La cantinela de aspavientos de los pirómanos del universo woke es ruido. La mamonada del bocachancla Bad Bunny en la Super Bowl es ruido. Y el goteo mediático de informaciones y opiniones sesgadas para tratar de ocultar la corrupción de Sánchez también es ruido. Es ruido Carnaval. Es ruido el parte meteorológico. Es ruido lo que hacen mis tripas mientras escribo. Es ruido el TL de Twitter de Óscar Puente. Y es ruido, horrible y punzante, siempre y en todo lugar el reggaeton.
Permanezcan atentos, porque el ruido seguirá creciendo, y la izquierda, si nada lo remedia lo va a utilizar cada vez más hasta las próximas elecciones en España
Por alguna razón desconocida, tal vez porque el mal tiende a converger en un mismo punto, la izquierda está adoptando el ruido como estrategia favorita. Ruido sobre ruido. Ruido institucional, que el gobierno más mentiroso de la historia de España no se saca la palabra “bulo” de la boca; palabra feísima además. Recuerdo que en el colegio solo empleaban la expresión “bulo” para referirse a un rumor o a una mentira los idiotas. Supongo que sigue siendo así, aunque el aula haya mutado en parlamento.
Es ruido el que emite la bancada del Gobierno durante la sesión de control al gobierno. Ruido el que trae más vientos huracanados a Galicia, la tierra en que nada es que ninguna existencia es más triste y efímera que la de un paraguas. Y ruido el burdo intento de los periodistas abusones de la televisión pública de hacer desfilar a Franco o a Hitler cada vez que tienen que dar resultados electorales buenos a Vox.
Es ruidoso el ventilador de la táctica sanchista. Es ruidoso el ejército de bots de Twitter. Es ruidosa la inmoralidad, el desprecio a la verdad, y lo increíblemente bajo que puedan caer personas otrora inteligentes cuando entran en la órbita magnética de Sánchez.
No traigo hoy palabras de consuelo para los que, como yo, apreciamos el silencio. El plan es redoblar el ruido. Es más, hacerlo tan atronador que apenas podamos distinguir la verdad de la mentira, la anécdota de la categoría, el trinque organizado de un partido político de la manipulación con IA de una fotografía ya de por sí estúpida.
Permanezcan atentos, porque el ruido seguirá creciendo, y la izquierda, si nada lo remedia -y si González no ha podido redimir al PSOE, nada lo hará-, lo va a utilizar cada vez más hasta las próximas elecciones en España. Y lo que es peor: el ruido hace su función, confunde, y atonta. A su manera perversa y salvaje, funciona. Visto lo visto, tal vez el merchandising de la derecha en la próxima campaña electoral debieran ser solo tapones para los oídos.
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