Miguel Michinel
TINTA DE VERANO
Arde Europa
TINTA DE VERANO
Desde Grecia hasta Francia, pasando por Portugal y España, las imágenes de montes calcinados, columnas de humo y miles de personas evacuadas se repiten con una frecuencia inquietante. En Burdeos, ya van más de 42.000 hectáreas quemadas. El gran incendio que afecta a la Sierra Oeste de Madrid y Ávila ha adquirido una dimensión excepcional, obligando a movilizar recursos de toda España y a declarar la emergencia nacional.
Llama la atención que el fuego haya alcanzado también las inmediaciones de la capital del país, una región que más identificada con el asfalto que con el bosque. Sin embargo, basta alejarse unos pocos kilómetros de la gran ciudad para descubrir un paisaje de pinares, encinares y matorrales mediterráneos especialmente vulnerables tras semanas de calor extremo, viento y sequedad. La naturaleza no entiende de límites administrativos ni de áreas metropolitanas.
Durante mucho tiempo hablamos de los incendios como episodios aislados. Cada verano buscábamos un culpable concreto: una negligencia, un pirómano, una tormenta seca o una colilla mal apagada. Todo eso sigue existiendo. Pero cada vez resulta más evidente que el problema ya no consiste únicamente en cómo empieza un fuego, sino en por qué, una vez iniciado, alcanza dimensiones impensables hace apenas unas décadas.
Reducirlo todo al cambio climático sería tan simplista como atribuir cada incendio exclusivamente a la acción humana
Los especialistas recuerdan que un incendio necesita tres elementos: combustible, oxígeno y una fuente de ignición. Del oxígeno no podemos prescindir. La chispa puede reducirse mediante prevención. Pero el combustible depende, en buena medida, de cómo gestionamos el territorio. Bosques abandonados, matorrales acumulados durante años y un medio rural cada vez más despoblado convierten muchas montañas en una inmensa reserva de material inflamable. Hay otra imagen que merece reflexión. Cuando observamos las llamas desde la televisión solemos fijarnos en el frente del incendio, allí donde trabajan los bomberos. Sin embargo, el verdadero combate empieza mucho antes de que aparezca el primer humo. Se libra durante el invierno, limpiando montes, manteniendo cortafuegos y planificando un territorio que no puede permanecer abandonado nueve meses, para exigir heroísmo durante tres.
Quizá por eso impresiona tanto comprobar que, incluso con medios aéreos, unidades militares movilizadas al máximo y centenares de profesionales, haya momentos en los que las autoridades reconocen que el fuego está “fuera de capacidad de extinción”. La expresión es sobrecogedora porque revela un límite incómodo: la tecnología puede ayudar, pero llega un punto en que la naturaleza impone sus propias reglas.
Conviene desconfiar de quienes ofrecen explicaciones únicas. Reducirlo todo al cambio climático sería tan simplista como atribuir cada incendio exclusivamente a la acción humana. El calor extremo favorece fuegos más intensos, pero también influyen la gestión forestal, el abandono del medio rural, la configuración del paisaje y la capacidad de prevención. Los grandes problemas rara vez admiten una sola causa, ni una única solución.
Cuando el incendio se extinga, volverán las cifras, las investigaciones y las promesas. Pero el verdadero desafío comenzará entonces, cuando desaparezcan las cámaras y el olor a humo deje de ocupar los informativos. Porque los incendios no se ganan únicamente en el frente de las llamas. Se ganan mucho antes, cuando todavía el bosque permanece en silencio y nadie imagina que, bajo su aparente tranquilidad, ya se está preparando el próximo verano.
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