Berto Manso
LA OPINIÓN
La realidad de la permanencia
TAL DÍA COMO HOY
La guerra civil estadounidense (1861-1865) estaba llegando a su fin. Cinco días antes del magnicidio, el general Lee había rendido sus tropas al general Grant y todo estaba ya decidido. Lincoln, como decimosexto presidente de la nación, había liderado al norte durante la guerra, el conflicto más sangriento y quizás también la mayor crisis moral, constitucional y política que ha sufrido la nación norteamericana en su historia.
Como resultado de ganar la guerra, el presidente preservó la Unión (el sur quería separarse), abolió la esclavitud, fortaleció el gobierno federal e impulsó la economía.
Sin embargo, algunos simpatizantes de la causa confederada no estaban dispuestos a aceptar sin más las condiciones de haber sido vencidos.
El atentado fue planeado por John Wilkes, como parte de una conspiración mayor destinada a reunir las tropas confederadas que quedaban para que siguieran luchando. Con varios cómplices, Wilkes esperaba crear el caos y derrocar al gobierno de la Unión.
La noche del 14 de abril de 1865, el presidente y su esposa habían acudido al Teatro Ford para asistir a la representación de la obra Our American Cousin, de Tom Taylor. Durante el espectáculo, Wilkes disparó al presidente en la cabeza, hiriéndole mortalmente. Aunque no murió inmediatamente, todos lo esfuerzos de los médicos presentes en la sala fueron en vano, murió al día siguiente por la mañana.
Lincoln fue el primer presidente estadounidense en ser asesinado, se le ha considerado un mártir y un héroe de la historia del país. La tentativa de desestabilización del gobierno de la Unión fracasó completamente. Los jefes principales del sur se fueron rindiendo uno tras otro.
A Abraham Lincoln le sucedió Andrew Jackson, un presidente muy poco querido.
El ingeniero Henry Martyn Leland (1843-1932) fundó la marca de coches Lincoln en Detroit (Estados Unidos) en 1917.
Formado como mecánico e ingeniero, Leland trabajó en fábricas de armas como Colt y se especializó en el diseño de máquinas industriales y motores. Al cabo de unos años, logró la fama en Detroit, la capital del automóvil de EE UU. Lo llamaban el “maestro de la precisión”.
Contratado a principios del siglo XX para evaluar la liquidación de una empresa automovilística creada por Ford, animó a los accionistas a seguir con la actividad industrial.
La propuesta era utilizar su propio motor Leland & Faulconer, más potente y fiable, creando para ello la marca Cadillac.
Cuando comenzó la I Guerra Mundial, el Gobierno encargó a Cadillac el suministro de vehículos ligeros para el ejército y la producción del motor Liberty.
Lo usarían tanto los aeroplanos Curtiss o Douglas como los carros de combate, por ejemplo, el gigantesco Mark VIII. Pero William Murphy, socio de Leland, era de convicciones pacifistas e inicialmente se negó a producir material bélico.
En plena Gran Guerra, Henry Leland tomó la decisión de abandonar la empresa Cadillac junto con su hijo y sucesor, Wilfred Chester Leland. Crearon entonces su propia marca para fabricar aquellos poderosos motores V12 de 27 litros de cilindrada. Y para bautizar su nueva compañía, Leland lo hizo con el apellido de Abraham Lincoln, el expresidente de Estados Unidos, al que admiraba profundamente.
Al finalizar la guerra, la marca lanzó el Model L. Era un coche derivado del Cadillac V8 y con una mecánica superior al resto, fruto del perfeccionismo de Leland. Pero el diseño de la carrocería, del tipo Torpedo, y sus resultados comerciales (tenía un precio muy elevado) no estuvieron a la misma altura. A principios de los años veinte la compañía entró en bancarrota.
El propio emblema de Lincoln también ha variado su diseño con originales formas según la época. Pero desde 1964 la marca adoptó una estrella enmarcada como imagen identificativa del lujo y la sofisticación que caracterizan a sus coches.
La actual insignia es la última evolución introducida en 2018, que ha simplificado al máximo el emblema para hacerlo más elegante y moderno mediante un estilo minimalista.
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