Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Se acercaba el mes de abril. La sabia, esa astuta sangre transparente, salía del refugio del invierno y estallaba en diminutos gromos. Los almendros no se andaban con contemplaciones y ya enseñaban, con orgullo, las preciosas flores que llenaban de un olor dulzón el propio huerto.
La sabia, esa astuta sangre transparente, salía del refugio del invierno y estallaba en diminutos gromos.
Por eso siendo un tiempo al que se puede denominar como bucólico, no parecía el más adecuado para aquel asesinato, homicidio, parricidio, uxoricidio, flagrante crimen, en fin, un delito cierto. Nos referimos, claro está, al que llenó de consternación a los viajeros de las siete y cuarto que viajaban en el metro.
Los guardias, a los que habían llamado algunos testigos oculares, vinieron con sus tricornios y aparcaron el Jeep viejo. Apuntaron, suponemos, las circunstancias, lo que les contaron el guarda agujas, una señora con abrigo loden, y la muchachada. Creo que eran del colegio de las Esclavas porque vestían una chaquetita beis, y a juego, una preciosa falda.
Quien abre las diligencias por parte de la policía judicial, son sus miembros. Inteligentes, dotados de perspicacia, de una gran lupa de gordo cristal y una pipa de hueso y cuero. La pipa les da pose, estilo, y permite descubrir muchas cosas, que de otra forma quedarían en el tintero.
Quien abre las diligencias por parte de la policía judicial, son sus miembros.
Examinado el aparente interfecto, mantenía la mirada perdida, el cuello recto, el abdomen ni le cuento. El cuchillo no aparecía al descubierto. No existía sangre, vital elemento. Podría ser un disparo de pistola, metralleta, escopeta, una carabina como la del sargento, con su cañón de arma rayada, pero todas ellas estaban ausentes de momento.
El médico de la autopsia, no había llegado al centro. El médico forense vendría en cualquier momento y haría un examen concienzudo de aquel pobre muerto. Hasta entonces nadie certificaba si, por aquello, de hacer la declaración de la renta estaba, verdaderamente exento.
La cosa tenía su aquel. Matar a alguien con alevosía, habría de llamarse ¿crimen o asesinato? El juez un día, dictaría en su caso, si hubo ensañamiento.
Lloraban las mujeres viejas que decían y relataban las virtudes del finado, incluso sin conocerlo. Y lloraban y plañían hasta que comenzó a oírse una noticia extraordinaria, que corría por el pueblo. Qué digo pueblo…no, por el mundo entero y es que el fenecido no estaba muerto,
El forense lo declaró al instante; Nombre del fiambre: Perdiguero. Nombre de su madre: Chicha, la que corretea por el alero. Nombre de su padre: Aún es secreto y por protección de datos permanecerá en silencio. Pero evidentemente, el forense es médico y sabe de fisiología y puede fijar con certeza a qué hora se fue el muerto al cielo.
Miró el científico al soslayo al guardia de la porra, miró-le también el primer testigo, el segundo y el tercero…y al fin concluyeron que el occiso, que les había provocado pavor y espanto, les estaba mirando con sus preciosos ojos, ahora abiertos. Sintieron un repelús y escribieron un informe que redactaron con acierto:
Se trata señor Juez de un pobre gato blanco y negro. No hicimos el levantamiento porque se echó a correr levantándose él primero. Causa de la muerte: No era muerte sino un poco… de sueño.
A un escribidor, a veces, le pide el cuerpo el hacer esto: un chascarrillo, prosa menor… un divertimento.
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