Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
El alcalde que no quiere suelo industrial
ZONA NEUTRAL
A las dos de la mañana, en el arcén de una autopista hacia la ciudad alemana de Dresde, nuestro privilegio europeo chocó de frente con la crudeza de una guerra sentada en la butaca de al lado. Nuestro bus era una cápsula en la oscuridad centroeuropea. Había partido de Budapest, pero nosotros nos subimos en Praga a las 23,40 horas para bajarnos en Berlín al alba. Al ocupar mi asiento en la fila central, junto al único baño, el otro universo ya estaba allí. Lo que viajaba a mi lado era un salto al vacío: un chaval ucraniano imberbe, en pantalones cortos y con todo su patrimonio en una mochila, arrastrando el letargo de la huida. Era fácil deducir que había embarcado en Bratislava, aprovechando su refugio.
No cruzamos palabra. Mis amigos y yo matábamos la noche debatiendo sobre el ascenso de la UD Ourense. Éramos la viva estampa del turista intocable. Él, sumido en un nerviosismo silencioso, se levantaba a intentar encajar la averiada puerta del baño que golpeaba en cada curva. Le molestaba el ruido y, seguramente, nuestra cháchara, pero por dentro lo carcomía algo peor. Alemania se acercaba.
Faltaban cinco minutos para el desenlace. “Es entrar en Alemania y ya hay policía en la autovía”, comenté hacia atrás, jocosamente. Entonces, el chaval se giró desencajado, me tocó el brazo y se llevó el índice a los labios. Silencio. Inmediatamente, los destellos de la Bundespolizei forzaron el desvío a una explanada. Los agentes escrutaron la zona delantera hasta llegar a nosotros. Un “poli bueno” de modales exquisitos le pidió la documentación. Aterrado, el chico chapurreó un polaco roto y entregó un folio de asilo eslovaco. Esa es la trampa de Schengen: otorga refugio, pero frena los intentos de reubicación en otros países. A esto se suma el control sobre adolescentes que rozan los 18 años y escapan de la ley de su país, que los obliga a ir a la guerra. Tras el interrogatorio al chaval, el agente miró mi DNI diez segundos y me dio vía libre. En tiempos euroescépticos, olvidamos ciertos privilegios.
Comenzó una espera agónica de 30 minutos. El chico comprendió que su viaje terminaba. En un acto de rendición, sacó unas galletas de su mochila. Empezó a comer sin derramar una lágrima. Con la mirada fija en el asiento delantero, se aferraba al gesto más primario mientras el sistema decidía su futuro. El “poli bueno” regresó. A través del traductor de Google, donde asomaba la palabra Schengen, le preguntó si llevaba algo más. “No”, susurró bajando la mirada. Le indicó que bajara. Recogió su mochila y desapareció en la noche helada de Sajonia hacia un destino incierto.
Retomamos la ruta hacia Berlín en silencio. El resto del trayecto lo pasé mirando de reojo el asiento vacío de mi lado, consciente de que nuestro privilegio de ser libres viaja sentado justo al lado de quienes lo arriesgan todo para alcanzarlo.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
El alcalde que no quiere suelo industrial
Brais Iglesias
ZONA NEUTRAL
El asiento vacío
Fernando Ramos
HISTORIAS DE UN SENTIMENTAL
El ourensano que preside la bienal de cartelismo más reconocida del mundo
Eduardo Medrano
TAL DÍA COMO HOY
La invención del teléfono
Lo último
ENCUENTRO EN LA CAPITAL DEL TURIA
La Asociación de Licenciados y Doctores Españoles en Estados Unidos celebrará su congreso en Valencia
PODCAST Y VÍDEO
El primer café | Jueves, 11 de junio