Chito Rivas
RECUNCHO HEBDOMADARIO
Dous días agardados
Yo de crío nunca tuve muchos regalos de cumpleaños ni de reyes más allá de un pijama o unas zapatillas. En mi casa no había mucho dinero así que nos arreglábamos con lo que había.
Cuando iba a casa de mis amigos por algún motivo de esos tipo cumpleaños o fiestas a las que me invitaban, me asombraba la exuberancia de todo aquello: un scalextric, varios madelman, una barbie, unos Juegos Reunidos Geyper, un tambor gigante lleno de piezas del Exin Castillos suficientes como para levantar el castillo de la Mota, el palacio de Olite y el Alcázar de Segovia todo junto…
Mis amigos eran ricos y yo no. Eso era un hecho. Yo me daba cuenta pero no me importaba. Y a ellos tampoco les importaba. Éramos amigos y punto.
Unas navidades los reyes me trajeron por fin un juguete. Yo tendría diez años o por ahí. Aquello era una novedad. Se trataba de un bonito autobús inglés rojo de latón de dos pisos. A cuerda.
Mediría unos veinte centímetros de largo o así. Le dabas cuerda con un llavecita ad hoc y el autobús se iba por ahí rebotando una vez tras otra contra las paredes del pasillo como un Roomba idiota y desquiciado.
Al año siguiente los malditos e inopinables reyes me trajeron una bicicleta amarilla preciosa
Me parecía estúpido. Me llevó dos días aburrirme de él. Lo abrí, lo destripé, y aunque no logré entender cómo funcionaba sí me di cuenta de que en aquel mecanismo de su interior que yo hice polvo había algo maravilloso que habría de fascinarme el resto de mi vida: ciencia, tecnología, mecánica, inteligencia, imaginación.
Vale. No me hice por eso ingeniero sino artista, dibujante, escritor, ilustrador, yo que sé. Bobadas. Tal vez todo sea lo mismo.
Aquel autobús de juguete me proporcionó una reprimenda de mis padres por destrozarlo y también una enseñanza valiosa: las cosas no son lo que parecen. Por dentro el autobús era una estupidez y unos pocos mecanismos de lo más simplón. Nada más.
Al año siguiente los malditos e inopinables reyes me trajeron una bicicleta amarilla preciosa. Las bicicletas son para el verano, dicen. Aquella bicicleta tenía unas rueditas laterales que pronto le quité y me regaló muchas aventuras estupendas en Tabagón y O Rosal siendo un crío. Hasta que años después la sustituyó una bicicleta de verdad, una de carreras con la que recorrí ya de adolescente las Rías Baixas todos los veranos. Después vendría la moto.
La moto sí que fue especial. Me la regaló mi padre. La moto me permitía por ejemplo a mis quince años locuras como ir desde A Guardia hasta Baiona en un pis-pás por la mañana, y pasar allí dos o tres días en casa de mi amigo Luis Delgado. O explorar todos los días los montes de Oia o la ribera del Miño desde Eiras hasta Tomiño y más allá.
Yo si hubiera tenido un hijo, que no fue el caso para mi pesar, le habría regalado una moto.
Una moto es la libertad.
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