José Luis Gómez
CUENTA DE RESULTADOS
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La figura del consentimiento es fundamental en las sociedades avanzadas como la europea y la norteamericana. A mi entender, lo podemos encuadrar en tres categorías principales: 1. El consentimiento “habitual” (presente en la vida cotidiana y en el mundo de los negocios), 2. El consentimiento “lúdico” (aplicable sobre todo en las relaciones sexuales y en el deporte) y 3. El consentimiento “vital” (propio del ámbito médico y de la salud). Aquí me referiré a este último.
En un principio, este artículo se iba a titular “Consentimiento (más) informado” porque lo concebí como ampliación de otro sobre el mismo tema publicado en 2018: “Consentimiento (semi)informado”, en el que ponía de manifiesto cómo a la hora de suscribir un consentimiento de esta clase la información que se facilita al paciente suele ser tan solo cualitativa, no cuantitativa, motivo por el que le resulta complicado hacer una adecuada valoración del riesgo que asumirá al realizarse determinadas pruebas diagnósticas o procedimientos quirúrgicos. Información del tipo: “Los efectos secundarios son excepcionales” (?).
Mi reflexión acerca del “consentimiento (más) informado” procede del hecho de que hay un dato trascendental que se oculta a quienes se van a operar de alguna patología: cuántos enfermos intervendrá el cirujano en esa jornada laboral. Si el interesado lo solicita le responderán que se trata de un asunto interno del hospital. Sin embargo, no es lo mismo ser el primero o el tercero que el noveno o el décimo. Por eso propongo que se facilite este dato a todo aquel que lo requiera, para que pondere, en el supuesto de estar entre los últimos, si quizá le convendría posponer la intervención y ser de los primeros en una cita posterior, en la que el cirujano estará menos cansado cuando tenga que hender el bisturí en su organismo. En este aspecto tan delicado, no se puede pasar por alto que el consentimiento informado ha de basarse en una comunicación suficiente, veraz y comprensible.
Soy consciente de que con el transcurso de los años he ido más allá en mis conclusiones sobre esta materia. Sin duda, como pacientes nos movemos en el desconocimiento del riesgo real que corremos. Aunque nos faciliten información cuantitativa del peligro al que nos enfrentamos, esta se da en forma de probabilidad; es decir, de azar. No es exactamente lo mismo, aunque se asemejan mucho. Ambos términos son eufemismos para nombrar a la ignorancia, pues no manifiestan otra cosa, si bien en diferente grado. La probabilidad es una ignorancia matematizada, con un cierto límite que se expresa mediante porcentajes; mientras que el azar es, “prima facie”, una ignorancia absoluta, debido a lo cual no se puede expresar de ninguna manera.
Sin duda, como pacientes nos movemos en el desconocimiento del riesgo real que corremos
Veamos un ejemplo. Si nos informan de que la probabilidad de fallecer como consecuencia de una operación de corazón es del diez por ciento, eso significa que se desconoce quiénes, a nivel individual, fallecerán y quiénes sobrevivirán. Para el que va a ser intervenido, es casi lo mismo que no saber nada. El desconocimiento, la ignorancia, resulta patente pero no máxima. Lograr trascenderla es cuestión de investigación y de tiempo.
El azar, o la casualidad, lo define la Real Academia del siguiente modo: “Combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar”. Según esta apreciación, si un ciudadano toma un tren y este descarrila y aquel fallece, todo el mundo aceptará que el accidente fue debido a circunstancias imprevisibles e inevitables, que ocurrió por azar. Sin embargo, al indagarse con determinación se descubre que la catástrofe tuvo lugar como consecuencia de la rotura de un raíl en el mismo momento de pasar el convoy por encima. Rotura que se podría haber evitado si se hubieran implementado con anterioridad los controles necesarios para ello. Este razonamiento se puede aplicar a las consecuencias de cualesquiera accidentes o tragedias que se nos ocurran: desde la explosión del transbordador espacial Columbia a los daños y muertes ocasionados por una dana. Todos ellos debidos al azar, a la ignorancia; una ignorancia no esencial, sino subsanable.
A causa de los fenómenos que acabo de citar, con respecto al consentimiento informado entiendo que el lector podrá llegar a esta conclusión: que en el ámbito sanitario no es posible que se base en el principio de autonomía de la voluntad porque el “no-yo cuerpo” ejerce una coacción sobre el “yo-ser”, de quien depende nuestra voluntad; coacción que se impone por el hecho de estar encarnados y encarcelados en nuestro cuerpo, sin el cual no es factible la pervivencia del yo.
No obstante, en el fondo, esa conflictiva dinámica “cuerpo-ser” se deriva de que hemos de dar nuestro consentimiento no solo en función de lo que la ciencia médica conoce, sino también de lo que ignora (que es infinitamente mayor que lo que conoce), y ambos aspectos en conjunto más que informarnos y tranquilizarnos nos intimidan y nos imposibilitan tomar una decisión libre, viciando el consentimiento y transformándolo en sometimiento.
Lo diré de una manera más sencilla. El que con su firma acepta un acto médico riesgoso (de consecuencias siempre imprevisibles), no lo hace en virtud de la autonomía de su voluntad: por convencimiento; antes al contrario, lo hace por intimidación: por miedo; por lo tanto no consiente, se somete. En el terreno de la salud y la supervivencia, salvo en casos extremos, nuestra autonomía de la voluntad únicamente actúa con plena libertad cuando negamos el consentimiento, por muy informado que haya sido.
Estas son las razones por las que propongo el cambio de denominación y que el “consentimiento informado” sea llamado “sometimiento informado”.
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