Carlos Risco
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Hay guerras que se libran en el campo de batalla y otras que se ganan o se pierden en los mercados. La escalada militar en torno a Irán amenaza con convertirse en una de esas guerras híbridas donde el control del petróleo y del gas puede resultar tan decisivo como el dominio del aire o del mar. Y sus consecuencias económicas ya empiezan a sentirse con claridad en Europa y, por tanto, en España.
El encarecimiento del petróleo derivado de los ataques contra infraestructuras energéticas en Irán y en el Golfo ha sido suficiente para provocar un repunte inmediato de los precios. En marzo, la inflación en España ha subido hasta el 3,3%, su nivel más alto desde mediados de 2024, impulsada por el aumento de los combustibles. Es una señal temprana de un fenómeno que puede agravarse si el conflicto se prolonga o se intensifica.
El Banco de España ha trazado un escenario que combina optimismo prudente con advertencias severas. El organismo prevé que el PIB crezca un 2,3% en 2026 gracias a las medidas anticrisis adoptadas por el Gobierno de Pedro Sánchez, pero también advierte de que la inflación media podría acercarse al 6% en el peor de los escenarios. El riesgo se agrava porque esta crisis llega en un momento especialmente delicado para las finanzas públicas europeas.
La Comisión Europea ha advertido de que los países miembros disponen de menos margen fiscal que en crisis anteriores. Durante la pandemia, los gobiernos desplegaron políticas expansivas sin precedentes; hoy, con niveles de deuda elevados y reglas fiscales más estrictas en el horizonte, repetir aquella respuesta masiva resulta mucho más difícil. El resultado de esa combinación –precios elevados y crecimiento más débil– es el escenario que más temen los economistas: la estanflación.
El estrecho de Ormuz, bajo control de Irán, es el principal punto de presión económica del conflicto bélico de Oriente Medio
Bruselas ya estima que la guerra de Irán podría recortar en torno a cuatro décimas el crecimiento del conjunto de la Unión Europea este año. Es una cifra preliminar, pero suficiente para evidenciar que la guerra no es un fenómeno remoto, sino una perturbación directa sobre la economía.
En el centro de esta tensión global se encuentra el estrecho de Ormuz, uno de los puntos geoestratégicos más sensibles del planeta. Por ese corredor marítimo transita una parte sustancial del petróleo y del gas que abastece a los mercados internacionales. La capacidad iraní de interrumpir el tráfico marítimo –o simplemente de amenazar con hacerlo– se ha convertido en su principal herramienta de presión. No necesita bloquear totalmente el paso para alterar el equilibrio global: basta con sembrar incertidumbre.
La ofensiva contra instalaciones gasísticas estratégicas, como las de Ras Laffan en Qatar, marca un punto de inflexión. No se trata únicamente de daños puntuales, sino de disrupciones que podrían prolongarse durante años. El mercado energético no solo teme el impacto inmediato, sino la posibilidad de que parte de la capacidad productiva global quede comprometida a medio plazo.
Esa dinámica explica por qué los mercados energéticos parecen cada vez más rehenes del conflicto de Oriente Medio. Mientras no exista una salida diplomática creíble, el petróleo y el gas seguirán sujetos a una volatilidad extrema. Cada nuevo ataque, cada movimiento naval o cada amenaza sobre el tráfico marítimo se traduce en oscilaciones bruscas de precios que acaban repercutiendo en los consumidores.
@J_L_Gomez
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