El baile en el Rotary Club

TINTA DE VERANO

Publicado: 20 may 2026 - 05:40
Opinión en La Región
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En 1905, la industrialización, el comercio y la expansión urbana habían transformado profundamente la vida cotidiana en los Estados Unidos. Miles de personas llegaban constantemente a las grandes ciudades buscando oportunidades económicas, pero aquella prosperidad tenía un reverso menos visible: el anonimato. Se cerraban negocios rodeados de desconocidos, sin apenas vínculos personales ni sentido de comunidad.

Chicago era una ciudad que simbolizaba como pocas ese crecimiento vertiginoso del mundo moderno. Fue en ese contexto donde un abogado llamado Paul Harris comenzó a pensar que la vida urbana estaba perdiendo algo esencial. De modo que reunió a varios profesionales de distintos ámbitos -comerciantes, abogados, empresarios- con el propósito de crear un espacio de encuentro regular basado en la confianza mutua y la amistad cívica.

Las reuniones se celebraban rotando entre los despachos o negocios de los miembros, y precisamente de ese sistema rotatorio surgió el nombre de la organización: el Rotary Club. En sus primeros años, no era todavía una gran entidad humanitaria internacional, sino más bien un club de sociabilidad profesional en una época donde las relaciones personales seguían siendo fundamentales para construir prestigio y estabilidad social.

El éxito de aquella fórmula creció rápido, extendiéndose por todo Estados Unidos y Canadá; y poco después por Europa y América Latina. En 1910 se constituyó oficialmente Rotary International. Su crecimiento durante las primeras décadas del siglo XX respondió a una necesidad muy propia de las clases medias urbanas de aquel tiempo: reconstruir redes de confianza en sociedades cada vez más impersonales.

El Rotary Club ofrecía algo más que contactos profesionales: pertenencia, reconocimiento social y una cierta ética compartida, basada en el servicio y la respetabilidad pública. Con el paso de los años, la organización fue transformándose progresivamente. Aunque nunca perdió del todo ese componente relacional y elitista, tras las dos guerras mundiales, comenzó a orientarse hacia actividades filantrópicas y de servicio comunitario.

La nuestra fue la última capital gallega en apuntarse al fenómeno del Rotary Club, que acaba de celebrar sus veinte años de fundación con una fiesta donde han entregado el premio “Servir” -su máximo reconocimiento a la vocación de servicio y al compromiso ético- al Liceo de Ourense, “por su ejemplar trayectoria y constante apoyo a nuestra comunidad”. Tradición y modernidad dándose la mano, considerando que nuestro Liceo se fundó en 1850.

Precisamente, el Liceo conserva todavía algo de esa atmósfera antigua de sociabilidad urbana, tan característica del Rotary Club. Entrar en él supone, en cierta medida, recordar un modelo de ciudad distinto: más pausado, más presencial y menos dominado por la lógica inmediata de las redes sociales. Quizás por eso sigue despertando una mezcla de respeto, nostalgia y curiosidad en buena parte de la ciudadanía ourensana, que todavía lo frecuenta.

Sin duda, un merecido premio para nuestro querido Liceo y también una gran celebración para el aniversario de su joven anfitrión, que contó en el evento con una granada representación de la sociedad local. Como en toda fiesta que se precie, buena comida y buen vino en un entorno inmejorable. Y ya se sabe que, cuando la compañía es agradable, se disfruta mucho más. No es de extrañar, entonces, que hubiera quien se animó a echar un baile en el Rotary Club.

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