El balconcito discreto que nos hace mejores

Publicado: 25 mar 2026 - 06:33
José Paz
José Paz

Es una tarea circular. El corazón se endurece, nos resabiamos y vamos de expertos por la vida. Después todo se va ablandando, la mirada se hace tierna, volvemos a sabernos ignorantes. Ese debería ser el trabajo como humanos adultos. El regresar. Regresar a la inocencia. A la capacidad de ver sin juzgar. A sacarnos de encima esa capa de ideas plomizas que nos vuelven imbéciles al pasar de barro a costra.

El espanto especulante y miope que es una ciudad como Auria deja de ocupar toda la escena y nuestro organismo se regala entonces de nuevas presencias que vienen a rescatar la mirada y también el alma.

Esto sucede con las personas y con la vida. También con las ciudades. Aunque a veces estemos cansados de todo y no dejemos lugar para la sorpresa, cuando cada barrio, cada plaza, cada esquina conocida parezca no traer nada nuevo, hay que invocar la magia verdadera, la que permite ver las cosas como si fuese la primera vez. Esto no es magia. Es sencillamente blandura, bendita dejadez, holganza muy conveniente. Cuando nos desujetamos, las cosas vuelven a ocupar su espacio propio y esa calle que no nos gusta, en la que vamos maldiciendo las reformas de los portales, con sus puertas históricas sustituidas burdamente por horrores de PVC, se vuelve amable. Cuando los carteles feísimos con tipografías tremebundas que los arquitectos municipales permiten porque ellos mismos son hijos del mal gusto y demuestran cada día su inutilidad cómplice con la destrucción de la ciudad, dejan de parecernos tan graves. Gobierna de nuevo el corazón y el corazón es bondadoso con los crímenes urbanos y acepta como a un hijo más al edificio horrible al que se le ha dado licencia para derribar a una casa histórica y crecer a una altura desmesurada, fuera de toda escala. Se comprende la ruindad del albañil que evolucionó a promotor y esparció el horror con una mano en la cartera y la otra en la mano del alcalducho de turno. El espanto especulante y miope que es una ciudad como Auria deja de ocupar toda la escena y nuestro organismo se regala entonces de nuevas presencias que vienen a rescatar la mirada y también el alma. Este camino a lo inocente en nosotros es también una forma de supervivencia. Y funciona. Funciona en la ciudad y en la vida.

Cuando el corazón vuelve a ser blando, Auria vuelve a ser blanda. Y es un gusto redescubrir lo maravilloso que todavía está presente, velado a la mirada catastrófica, silenciado por la fealdad de superficie. Pasa, sin ir más lejos, en la calle Cardenal Quevedo, que es una calle a reclamar, con hermosos edificios de piedra, de la primera mitad del siglo XX, antes de que los materiales de aluvión y los arquitectos de aluvión comenzasen a pudrirlo todo. Casi toda la calle pinza el corazón y, frente al colegio de monjas, lo hace todavía más un edificio abandonado a su suerte. No vamos a maldecir aquí el abandono, sino a bendecir su sola presencia. Y centrarnos en ese pequeño cuerpo saliente, de quilla de barco, de cuando la arquitectura era discreta y no abusaba con voladizos especulantes ni con alturas inorgánicas. Este pequeño cuerpo es un gesto hacia adelante, como un galeón de piedra que se abre a la calle e invita a dialogar al adentro con el afuera, con tres lienzos de ventana y pilares de piedra, concentra la humildad de la casa. Aquí uno ve la arquitectura sin abusos, cuando se construía para todos, cuando las casas querían ser ciudad y no una afirmación impuesta. Pasar por aquí delante recoloca el corazón y nos hace regresar a nuestro yo dialogante, conforme con el mundo, ciertamente hermoso y ensoñado con este milagro de existir. Digámosle hola desde la acera para que suceda el milagro.

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