Eduardo Medrano
TAL DÍA COMO HOY
Filomena
Las casas son organismos privados. Desconocemos casi todo de sus digestiones internas, de sus huéspedes, de sus estados de ánimo. Apenas podemos imaginar los edificios desde su piel exterior, la que se muestra al mundo, intuyendo la densidad del aire detrás de las carpinterías, elucubrando lo que habrá dentro: las bibliotecas, las cuberterías, los colgadores de toallas. Uno supone todo de todas las casas en las que no ha entrado, que son casi todas. En una ciudad que podemos caminar mil veces, apenas conocemos por dentro una minúscula parte de sus vivideros, lo demás queda velado, sujeto a las conjeturas de las que seamos capaces. Esto pasa con las ciudades y también con las personas. Nos quedamos en la nata exterior porque toda vida es un misterio. Y está bien que sea así.
Habitamos, pues, un secreto. Un lugar de vidas ocultas que tenemos que descifrar a través de los códigos exteriores, de lo que se supone que debemos mostrar o no tenemos más remedio que hacerlo, seamos vecino o habitación. Son todas esas biografías ocultas las que componen la verdad significante, creada con la imaginación, donde podemos suponer al que cena una tortilla de jamón york en la penumbra o los que reinician su desamparo junto a la televisión. Estos pensamientos son inevitables, pero es preferible conjeturar los secretos de las casas antes que los de las personas que no conocemos, fantaseando el crujido de las escaleras o el olor a madera y humedad de algún patio anónimo.
Conviene pasear siempre en ese estado de semivigilia, medio atento, medio dormido, para poder soñar las cosas y construir las magias que le faltan a toda realidad seca
Como es natural, las casas que despiertan curiosidad son las casas viejas de la Auria vieja. No por porque lo viejo implique sabiduría, que también, sino por su verdad orgánica. Interesan las casas de la Auria vieja porque son las únicas hermosas en una ciudad insoportablemente fea, donde habría que destruir prácticamente todo lo edificado después de los años 60, a ser posible con sus promotores y arquitectos dentro. De momento, nos basta con no mirarlo y borrarlo del ojo, como si no estuviera. Y quedarnos con las casas levantadas con lo que da la naturaleza inmediata: granito antiguo que trajeron los últimos glaciares, madera de castaños crecidos en primaveras regulares, hierro de antiguos filones hidrotermales, cerámicas de arcilla de remotas digestiones geológicas. Son estos materiales, que están en la piel de la tierra, los que deben contener las vidas de los animales de sangre caliente y no esos hormigones industriales, ventanas de plástico y demás venenos constructivos con los que se ha levantado la ciudad nueva, que son materiales que traen la enfermedad al cuerpo y violentan el espíritu.
Conviene pasear siempre en ese estado de semivigilia, medio atento, medio dormido, para poder soñar las cosas y construir las magias que le faltan a toda realidad seca. Quizá haya un portal abierto que deje ver algo del edificio que guarda. Tal vez su portal no haya sido reformado por una comunidad de propietarios torpes y conserve las baldosas hidráulicas con sus dibujos geométricos, con los esmaltes desgastados por las generaciones sucesivas de vivos y muertos que las han pisado. A lo mejor quedan las paredes encaladas, con un zócalo de azulejo antiguo y la sombra de una escalera de madera con barandilla de hierro. Estos arranques tan dignos todavía perduran en muchas casas de finales del XIX o principios del XX, en los primeros cinturones modernos que fueron envolviendo la ciudad medieval, como en la calle García Mosquera. Hay que estar pendiente de los secretos que guardan las casas anónimas. Cada portal que sobrevive es un trozo de esperanza que sale a recibirte. Vayamos a por ellos. Hagámoslos nuestros.
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