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El “último aizkolari socialista”, según Pedro Sánchez definió a Koldo, se ha golpeado el coco en prisión con una pesa de 25 kilos. Ya debe tenerlo duro, porque me da eso a mí y se me sale el serrín por la oreja contraria. A la hora en que escribo esto no está claro si le falló el bíceps, si la pesa trabaja para el CNI de Sánchez, o si Koldo decidió saltarse la citación del Parlamento de Navarra empleando el método de mi amigo Pedro que, en el colegio, para saltarse un examen de Matemáticas, pidió al colega más gordinflón de la clase que se le subiera a una pierna, elevada sobre un pupitre, y se pusiera a dar botes a ver si con suerte se la rompía. Creo que estaba en juego una bolsa de golosinas, pero la pierna, siempre tan caprichosos los huesos, no cedió.
Los últimos estertores del sanchismo son como un coche que se ha salido de la carretera y va arrollando todo a su paso fuera de control
La España de Sánchez tiene algo que nos atrapa, como aquellas antiguas novelas por entregas que fascinaban a los lectores. Ni el mejor guionista podría ingeniar en tan solo unas horas lo de la pesa asesina en Soto del Real, la compra de armas de la pareja de Iceta a la trama Koldo, que intentara guardarlas en La Moncloa, o lo que ya hemos pasado por alto por pura acumulación: ¡que el querido de Iceta también vivía en palacio! Pero por el amor de Dios Nuestro Señor, ¿hay algún nómada del sanchismo que no haya instalado su furgoneta hippy en los jardines monclovitas para darse arrumacos con su pareja entre los pinos palaciegos y las ardillas?
Esta gente llegó piando no sé qué de la importancia de mantener el servicio público, pero lo único que ha hecho es privatizarlo todo por la vía de los hechos consumados, y mejor no ahondar en lo que significa lo de los hechos consumados en La Moncloa del yerno de Sabiniano.
A la misma hora en que nos enteramos de estas aventuras, veo que el Gobierno fabrica una cumbre del odio con una vocera de partido con grandes dotes para la interpretación, a partir de un show televisivo digno de los años más cutres de la telebasura, tan melancólico e histriónico que ni siquiera lo voy a calificar. Y entremedias sale Albares, con su voz de curilla sesentero adicto a la Teología de la Liberación, diciendo que le sorprende mucho que nadie de Estados Unidos le haya llamado para contarle sus planes sobre Irán. Claro, José Manuel, después de haberte puesto el turbante negro y recibir la felicitación amistosa del enemigo, el mismísimo presidente de los Estados Unidos va a llamarte para contarte a ti con todo lujo de detalle sus próximos movimientos militares sobre el terreno.
Los últimos estertores del sanchismo son como un coche que se ha salido de la carretera y va arrollando todo a su paso fuera de control, ahora un árbol, ahora una señal, ahora un búfalo, ahora un peatón. Pero eso no debería hacer que dejáramos de prestar atención a los detalles, incluida la pesa de Koldo, cuyo archivo de WhatsApp está sembrando los periódicos de exclusivas diarias, cada cual más escabrosa que la anterior.
Al meditar lo de la pesa, resulta imposible pasar por alto que, en 2024, el Audi de Víctor de Aldama, el mismo en el que llevaba a Pedro Sánchez años atrás, apareció tiroteado pocos días antes de su ingreso en prisión, en lo que se interpretó como una forma no muy sutil de recomendarle silencio. No lo hizo, está colaborando con la Justicia, y la Audiencia Nacional tuvo que suspender hace unas semanas la entrega de su famoso sobre secreto, porque se les ocurrió anunciar fecha y hora de la cita previamente, entre otras cosas porque era imposible garantizar la seguridad del empresario en el momento de la entrega de un material que Aldama ha definido como demoledor para el Gobierno, porque deja al descubierto la verdadera financiación del PSOE.
No estoy sugiriendo que las cloacas del Estado tengan algo que ver con el incidente de la pesa, tampoco que Koldo haya preferido partirse la crisma a propósito antes que salir al exterior y quedar al albur de cualquier mira telescópica, ni mucho menos que el aizkolari haya perdido sus habilidades halterofílicas de antaño. Lo único, quizá, que sugiero es que camina como un pato, nada como un pato, y grazna como un pato. Y eso, en la España sanchista, significa que se trata de un elefante.
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