Chito Rivas
RECUNCHO HEBDOMADARIO
O día que tremeu a terra e calou a burga
Los oficios y las costumbres mudan…, en Ourense, como en Madrid, o, como en todas partes. Hubo un tiempo, en que se ejercían en la calle. El aguador, el vendedor de frituras, de cocos, de aceitunas, de hortalizas, de flores, de caramelos o helados, el estañador de cacerolas, el esquilador de perros, el limpiabotas, el remendón de sillas, de cestos; el zurcidor de vestidos y trajes… También el afilador, e incluso, el barquillero; trabajos a los que se vieron abocados jóvenes del rural ourensano. Unos se ponían al hombro la rueda del afilador; otros, el bombo de los barquillos… Pero, ambos, con su modesta profesión dejaban Ourense, para repartir felicidad al alcance de la voz.
A nadie se le escapa que tanto la pobreza agraria e industrial de las provincias del Norte del país, como los reducidos jornales de los braceros, impulsaban a las gentes del rural a buscarse la vida por donde fuese. El paterfamilias, cuando veía que el primogénito se valía por el mismo, le buscaba, enseguida, un oficio temporal. No le podía dar una carrera, pero sí, podía aprender rápido a manejar un bombo-ruleta. Pronto, asimilaba la manera de colocarlo, la forma de tirar de la rueda o el contar de los barquillos. Si era necesario daban tiradas a la inglesa, jugaban a número mayor, a pares o nones u otras combinaciones en las que, a no ser por desgracia, siempre ganaba la banca.
Por lo general, tras la formación exprés, era contratado -contrato verbal con la familia- por un jefe de cuadrilla. Le prometía pensión, manutención, y, unos beneficios -a finales del XIX-, entre 20 y 60 duros dependiendo de cómo se diese la temporada. Era costumbre que, luego, los padres invirtiesen aquellas ganancias en la adquisición de ganados o terruños.
El barquillero llevaba a las espaldas un armatoste cilíndrico con una ruleta en la parte superior. Dentro del recipiente llevaba la mercancía. El cliente, previo pago, hacía una tirada en el mecanismo giratorio, para que, supuestamente, la suerte determinase el número de barquillos que le correspondían. El diario El Miño, en 1900, relata el episodio de cómo un antiguo barquillero, se puso a jugar con otro que ejercía el oficio. Con solo 15 céntimos llegó a conseguir nada menos que 5000 barquillos arruinado al colega que no llevaba en caja más que un ciento. Al no poder pagarle, entre ambos se produjo un altercado, que acabó en la casilla municipal. Al final se vieron obligados a avenirse a un acuerdo, previo pago de cuatro pts.
Tampoco pasó desapercibido otro lance entre miembros de una misma familia. En 1915, fue pública la discusión, entre Miguel Pérez Santorum y su hermano, en la Alameda de la ciudad de As Burgas, que acabó con lesiones de consideración por lo que pensaba que era una competencia ilícita. El primero, para quitarle clientes al otro, daba cuatro tiradas a cinco céntimos, mientras el segundo solo daba tres. De repente, de las palabras pasaron a los hechos y todo acabó como el rosario de la aurora. Ahora bien, salvo infrecuentes contratiempos, el barquillero siempre estaba rodeado de niños. Era habitual, en Ourense verlos junto al parque de San Lázaro, en los Jardines de Concepción Arenal o en los paseos de la Alameda. Los barquillos, galletas crujientes, que se elaboraban con harina, agua, azúcar, aceite, limón y canela, que tenían forma simulando un barco, se vendían a la suerte. El cliente impulsaba la manivela, a la espera de que la fortuna le fuese propicia.
Muchos de los barquilleros ourensanos eran de Parada de Sil. Con aquella caja de latón, de febrero a setiembre, surcaban los caminos al grito de ¡barquillerooooo…! La mayoría de ellos, como Leoncio Moure -uno de los últimos vendedores de barquillos ourensanos-, hacían la mercancía, y la llevaban por Galicia -Vigo, A Coruña y Santiago-. Él mismo no había pasado de León, sin embargo, otros se desplazaban hasta Madrid. Incluso, algunos de estos jóvenes de Parada del Sil, después de recorrer gran parte del país, y, mismo de Cuba, se establecieron en la capital. Luego, con la ayuda de sus hijos, rivalizaban con los cántabros, por hacerse con el mercado en tiempos de la República. Todavía se vendían, frecuentemente, en bares y merenderos. La gente, en las terrazas, desde las mesas los llamaban para entretenerse. Era cuando más dinero hacían. Se diluía la leyenda de que los barquillos los compraban tan solo los niños. Ahora salían a la conquista del cliente que podía ser el novio obsequioso, el señorito aburrido, el matrimonio nostálgico, el abuelo con los nietos… Todos dejaban, más que los propios niños, las monedas de cobre en los bolsillos del barquillero.
Pasados los años, gran parte de estos jóvenes ourensanos comenzaron a trabajar para un fabricante. Al final del día, rendía cuentas con el jefe. En ocasiones, como nadie vigilaba las jugadas, y tan solo ellos conocían los ardides del juego, alguna milésima de céntimo menos, por supervivencia, caía para el lado del dueño. Eso sí, como un anuncio de la llegada de la primavera, año tras año, recorrían pausadamente, los paseos de la ciudad con aquella delicatesen, casi arqueológica, que expendían solo a quien era tocado por la diosa fortuna.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Chito Rivas
RECUNCHO HEBDOMADARIO
O día que tremeu a terra e calou a burga
Francisco Muro de Iscar
Una mirada preocupada al País Vasco
Ricardo Tena
Azul marino, celeste, eléctrico…
Carlos Risco
LOS ASUNTOS IMPORTANTES
Sobre el vagabundeo
Lo último
TRAS DOS DERROTAS
El Voleyourense se lleva el derbi en A Coruña (2-3)
EMPEZÓ GANANDO
Derrota en casa del líder para el Estrela Verín (3-1)
CUATRO SIN GANAR
El Antela no puede ante un filial del Pontevedra más efectivo (1-0)