Bergoglio sí creía en Dios

PENSAR POR PENSAR

Publicado: 25 abr 2025 - 02:00
Opinión en La Región.
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Cuando yo empezaba a asomar la cabeza por estos pagos de la literatura y del periodismo se me ocurrió escribir un cuento erótico con un sacerdote como protagonista. La publicación en una revista casi clandestina llamó la atención en una época donde la maquinaria censora de la Iglesia llegaba implacable hasta el rincón más ínfimo. También sirvió para compartir mesa con un obispo cuyo nombre no revelaré nunca. Después de hablar del argumento de la narración, señalando el color de su hábito me dijo: “Hijo, esto de la religión es un oficio como otro cualquiera, es más, para prosperar en el escalafón no puedes creer en Dios, si crees te quedas en cura de aldea”. Semejante revelación me ha acompañado a lo largo de mi vida profesional de observador del devenir de los tiempos religiosos. Desde entonces he descubierto a infinidad de miembros de las organizaciones cristianas como vulgares impostores, amarrados al cargo con la misma pasión y habilidad de cualquier otro individuo de profesiones nada espirituales. Eran cardenales, arzobispos, obispos, canónigos, arciprestes, abades… con los bolsillos llenos de miserias a quienes Jesucristo calificaría de sepulcros blanqueados. También he encontrado a muchos curas de pueblo orgullosos de su misión pastoral en la Tierra para alcanzar el hipotético Cielo prometido. Los menos.

Le molestaba el celibato, mostró comprensión hacia las diferentes modalidades sexuales y persiguió las perversiones tan arraigadas entre el sacerdocio

Uno de esos curas de pueblo ha sido el papa Francisco. Ahora que ha muerto, que lo despedimos con las algaradas simbólicas atenuadas por su voluntad, yo tengo la certeza de que Jorge Mario Bergoglio sí creía en Dios. No puedo decir lo mismo de sus 265 antecesores, por lo general más perdidos en las tentaciones terrenales que en la profesión de fe con la que estaban comprometidos. El papa Francisco nunca abandonó los sentimientos aldeanos de su origen y los ha llevado como estandartes de los valores del cristianismo aún útiles. Otro cantar son los intereses de la Iglesia católica y del resto de sectas de la misma índole, cuyas reformas él empujó con más interés que fortuna. En tres legislaturas, doce años, no le ha dado tiempo a construir el nuevo templo de la modernidad. Escasamente ha levantado algunas paredes preparadas para resistir a las inclemencias del tiempo. Ya veremos.

Bergoglio creía en Dios porque tenía fe en el ser humano y no aspiraba a la santificación. Porque se había sometido a las reglas anacrónicas de la Iglesia para desmontarlas desde dentro. Luchó contra la corrupción económica de la congregación universal porque conocía las fortalezas del mecanismo consumista y la avaricia de la organización eclesial. Él, que vivió un romance amoroso, trató de abrir las puertas a las mujeres en el poder católico. Le molestaba el celibato, mostró comprensión hacia las diferentes modalidades sexuales y persiguió las perversiones tan arraigadas entre el sacerdocio. Buscando la unidad en la acción católica restringió la potestad de la prelatura del Opus Dei sin que le temblara el pulso y ha dejado extendidas las redes para paliar el sectarismo. El resultado final ya no depende de él y apenas anunciada su muerte el olor a naftalina ha vuelto a surgir entre los humos del incienso.

Uno de los temas recurrentes durante esta semana ha sido la queja por su no venida a España. Para mí representa un símbolo público más de su forma de llevar el timón. Un modo de no avalar las prácticas de la Conferencia Episcopal Española anclada en las tendencias reaccionarias que arrastra desde la dictadura. Quizás por ello ha recibido más condolencias desde la izquierda que desde la derecha política. Por creer en Dios.

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