Bienvenido al calabozo

Publicado: 28 jun 2026 - 00:15
Opinión en La Región.
Opinión en La Región. | Alba Fernández

Con qué ilusión esperaba la ciudad la actuación de Miguel en las fiestas. Pero, hermano lector, a veces el destino tiene otros planes. Ya lo habrán leído: un tropiezo casual fue la causa de que no viniera. Sé bien lo que le duele a Miguel suspender un concierto ahora que tiene una banda fantástica y, como protegido por los dioses, está lleno de energía y lleva el duende granadino atado a la cintura.

Hay que joderse, cuántas veces me preguntan en la ciudad por aquel concierto en O Couto el verano del 83, con Luz y Leño. En la historia de la música de esta ciudad ningún concierto marcó a tantas generaciones como aquel día. Cierto, fueron muchos los que descubrieron por primera vez el rock, que quizás habían escuchado en los coches eléctricos y en las fiestas en la Alameda. Aquello está en el imaginario colectivo de esta Auria tan extraña.

Pero te cuento. No hace tanto estuvo en Celanova en un concierto en formato acústico. Me dijo: “El recinto conventual de San Rosendo ha sido uno de los lugares más hechizantes en que actué. Nunca me había ocurrido, me vestí en el despacho del alcalde. Créeme, me gusta esta tierra”.

Pues mira tú, ayer me encontré con un viejo músico, ronda los 90 años, Muíños. Vaya tío. Fundó bandas y con una orquesta ourensana actuó en los oscuros cabarets de Marruecos y Oriente. “Allá en enero de 1979 estaba con la orquesta en un lúgubre antro entre prostitutas, nuevos ricos y tipos que no se reflejaban en los espejos. ¡Bum! El país se estremece. El sha de Persia huía veloz rumbo a Egipto. De pronto, Jomeini toma el poder, entran en el local tipos barbudos de mirada asesina armados hasta los dientes. Allí estábamos nosotros. La providencia nos ayudó y pudimos salir del país clandestinamente”.

Muiños viaja en el tiempo. “Lo recuerdo bien, era el 9 de febrero de 1963. Yo formaba parte de la orquesta Auria y vi llegar a aquel jovencito de 18 años, pantalones acampanados, al que llamaban el Rey del Twist. Se llamaba entonces Mike Ríos. Le acompañamos en la actuación, no es por presumir, pero le ayudé en algunas notas de ‘Popotitos’ que no encajaban. Era muy voluntarioso. Después le acompañé en Madrid a comprar una guitarra en la tienda de un amigo mío. Siempre supe que iba a llegar lejos. Gran tipo”.

Estos días le ha reñido a Sabina: “No pienso como él. Joaquín ha cambiado. Yo sigo siendo un hombre de izquierdas”. Qué obsesión la de algunos profesionales de la política por criticar dónde viven artistas como Miguel, tras sesenta años en el camino, como en su canción “A todo pulmón”.

Pocas veces suspendió Miguel un concierto. Lo más cruel fue aquel 21 de septiembre de 1982. Eran las fiestas de San Mateo en Oviedo. Como siempre, había mucha expectación. La actuación era en la plaza de toros. Por la tarde hubo tormenta y lluvia, de tal forma que incluso se mojó parte del delicado equipo de sonido. Los técnicos afirmaron que había grave riesgo de que el cantante se electrocutase. El alcalde, cabezón, quiso que el concierto se celebrase. Miguel se negó, por supuesto. Allá, en la cena en el hotel, dos policías lo esposaron. Al día siguiente, el periódico tituló “Bienvenido al calabozo, Miguel”.

Una pena que no viniese, nos ayudaría a desalojar este estado de sonambulismo que parece sufrimos. Sería catárquico.

(¡Ay!, tal vez te ocurra como a mí después de su último concierto: que sientas la nostalgia de lo que ha muerto en ti, de la parte muerta de ti mismo).

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