Mariluz Villar
MUJERES
Café diabólico
Hay una contradicción aparente en el mensaje de la fundación que presido que merece explicarse. Por un lado, defendemos el derecho a imaginar futuros posibles, a explorar territorios que todavía no existen. Por el otro, insistimos hasta la extenuación en el pensamiento crítico, en no dejarse arrastrar por narrativas simplistas sobre la tecnología. ¿Cómo se reconcilia todo eso? La respuesta está en entender qué tipo de sueños merece la pena perseguir, y de qué tipo de adormecimiento vale la pena despertar.
Los sueños que tienen sentido son los activos: los que no esperan pasivamente a cumplirse, sino que impulsan a quien los tiene a trabajar para materializarlos. El científico que intuye una conexión entre fenómenos aparentemente sin relación. El educador que ve el potencial oculto en cada alumno. El artesano que imagina la escultura dentro del bloque de mármol. Son sueños que nacen de observar la realidad con atención, no de huir de ella.
Frente a eso existe otro tipo de sueño del que hay que despertar sin contemplaciones: la ensoñación del espectador que cree que la tecnología resolverá sus problemas sin que él tenga que cambiar nada. El que consume titulares sobre la IA que lo cambiará todo sin intentar entender cómo funciona. El que confunde años de experiencia con sabiduría y cree que las herramientas nuevas son cosa de jóvenes.
En el interior de Galicia, hay mañanas en que la niebla cubre completamente el valle. El paisaje existe, los caminos están ahí, pero no se ven. Quien espera a que la niebla se disipe sola puede esperar mucho tiempo. Quien aprende a moverse con ella, a orientarse por los sonidos y los indicios que la luz filtra, llega igual. La inteligencia artificial es así: no despeja el camino por sí sola. Exige que tú ya sepas adónde vas.
Una investigación de Harvard lo confirma desde un ángulo que pocas veces se menciona: la inteligencia artificial no iguala a las personas, las diferencia más. Potencia especialmente a quienes tienen fuerte metacognición, la capacidad de planificar y revisar el propio pensamiento. Para quien la usa de forma pasiva, delegando tareas sin entender qué ocurre, la IA puede convertirse en un mecanismo más de adormecimiento. Para quien la usa de forma consciente, es una herramienta extraordinaria. La diferencia no está en la herramienta. Nunca estuvo en la herramienta.
Cuando aparecieron las primeras calculadoras de bolsillo, hubo docentes que se preocuparon por si los alumnos iban a dejar de aprender a calcular. Tenían razón en la pregunta y se equivocaban en la respuesta: el problema no era la calculadora. Era qué harías tú con el tiempo que la calculadora liberaba. Con la IA la lógica es exactamente la misma.
No pido que nadie renuncie a imaginar. Pido que se aprenda a soñar con los ojos abiertos, con criterio para distinguir las promesas vacías de las posibilidades reales, con un entusiasmo que no sustituya al análisis, sino que lo acompañe. Solo quien está suficientemente despierto puede soñar de manera productiva. La pregunta es si tenemos el coraje de hacer ambas cosas a la vez.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último
REHABILITACIÓN Y EMPLEO RURAL
La Xunta anima a rehabilitar viviendas en O Carballiño para trabajadores
La Región
Niñas quemadas por los likes
FÚTBOL SALA FEMENINO
Marta Figueiredo, la capitana del Ourense Ontime, también sigue
COMBATE CONTRA LOS INCENDIOS
Cuarenta bomberos búlgaros se formarán en Toén para luchar contra los fuegos