Luis Carlos de la Peña
CAMPO DO DESAFÍO
La quimera del oro
HISTORIAS INCREÍBLES
A todos nos fascina un poco el viejo tren con su chimenea, el humo que se expande como el genio de la lámpara, sus rodillas articuladas que suben y bajan, la velocidad ralentizada, esa batidora de ruido que avanza diciendo “chas- chas” y… la nostalgia.
La verdad es que aquel que fue nuestro tren de la infancia no se parece en casi nada a éste que empuja los vagones, a través del rail, gracias a un vagón motorizado al que aún llamamos “locomotora”, pero podríamos no decir nada.
Viajo con más gente, claro, y una monja en mi departamento. Me llama la atención esa cierta dulzura con la que a cada paso parece que nos está diciendo, aunque no lo haga: perdónenme si molesto.
Iniciar una conversación no tiene más protocolo que el atreverse a decir algo. Me fijo en su cruz dorada que le cuelga de una cadena de plata sobre el pecho. Le digo que me llama la atención, ahora, que hasta los obispos algo avergonzados la han cambiado por una oxidada que parece de hierro.
La historia de Europa, me dice la religiosa, no envía el mejor mensaje con la “cruz de hierro”. Yo conservaré mientras me sea permitido mi cruz dorada, que por cierto no es de oro ni nada, para decir a quienes me ven que yo creo en la divinidad encarnada.
Bueno… me pongo en plan listillo y los defiendo, y hago hincapié en que ellos pretenden enviar otro mensaje, el de una iglesia pobre. Me mira, sonríe y piensa algo que no me dice. Baja la voz y recuerda la frase del Señor: “A los pobres los tenéis siempre con vosotros”.
Ahora la iglesia tiene menos trabajo, le digo, porque el mensaje de la fraternidad universal, el cuidado de la creación y otras zarandajas son aceptados como propios por otras comunidades humanas. Me explico y soy prolijo. Ella me escucha con atención y con esmero.
Es muy importante lo que dice usted. Pero suponer que el trabajo está hecho es una exageración. Predicar esa verdad es bueno, muy bueno. Pero para mí el mensaje es otro: yo predico esa hermandad en Cristo. De manera nada exasperada me dice: Porque… ¿qué será de nuestros misioneros?
No entiendo la pregunta y se explica divertidamente. Los misioneros antiguos predicaban a un Dios encarnado. Los de ahora predican educación social. Cuando llegue el día del juicio universal, tal vez el Señor les diga: ¿Cómo vienes a buscar aquí la corona del premio? No te conozco. Imagíneselo... Será tremendo haber desperdiciado el tiempo del evangelio.
Tomo nota de otras cosas. Habla con la voz quebrada de la Eucaristía. No le gusta que la comunión la dé un mindundi. Echar por tierra la adoración debida, vulgariza lo divino.
Rompe nuestra conversación la voz del altoparlante, que diría un clásico, avisándonos de que la estación de la ciudad a la que me desplazo, está ya aquí y es ahora mismo. Me despido de quienes me acompañan, un hombre con corbata a rayas, un joven que no escucha sino sus milimétricos audífonos y la monja. Desde el pescante, ya a punto de bajarme aún la veo, difuminada, acariciando su cruz dorada.
Esta tarde truena de manera feroz y el agua cae a chuzos sobre la estación de esta ciudad mediana y me empapa.
150 gramos de harina, 50 de mantequilla, ralladura de limón, una monja listísima y mucho, pero mucho, azúcar. Ah…y de fe, al menos, una cucharada.
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