Xabier R. Blanco
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CAMPO DO DESAFÍO
Las euforias financieras tienen la facultad de hacernos sentir tontos a quienes solo las vemos pasar. El que día sí y otro también el valor de cualquier activo suba sin freno, tiene el doble efecto de hacernos pensar “yo ya lo sabía” para, a continuación, resignarnos con que todo lo que sube acabará bajando. No es una aspiración ser el primo en la mesa de juego. Hay quien, sobrado de confianza y medios, dispara a todo: inmuebles, acciones, derivados, criptos o lingotes, a poder ser de oro. A cuenta del dorado metal, vivimos una de esas fases de optimismo irracional donde, quienes están dentro, no paran de hacer números con las ganancias acumuladas y, los que quedaron fuera, las hacen sobre lo que pudo haber sido y no es.
El oro se ha tomado muy a mal la gobernanza de Donald Trump. En el año que este señor lleva desmontando el mundo, la onza troy, poco más de 31 gramos de oro puro, ha más que doblado su valor. Los lingotes de varios pesos y las monedas de las más variadas cecas, son demandadas desde cualquier rincón del globo, con una avidez quizá desconocida desde los tiempos de las inciertas flotas de Indias. La hemeroteca recuerda la masiva venta de oro que el Banco de España, también otros bancos centrales, realizó entre 2004 y 2007. Alrededor de 250 toneladas, la mitad de las reservas, fueron convertidas en dólares con que comprar deuda norteamericana, un activo entonces más rentable que los sólidos, pero dormidos, lingotes.
La política de Trump quiere un dólar débil que ayude a las exportaciones de su país y dinero barato de la Reserva Federal para que los ciudadanos-consumidores tengan una confortable sensación de riqueza
Como el dinero no conoce el descanso y es hipersensible al miedo, el ascenso vertiginoso del valor del oro, también la plata, parece tener un común estímulo en la geopolítica, ese juego de equilibrios que dibuja o desmonta el orden del mundo. De China a Rusia y de Oriente próximo y medio a Estados Unidos, el globo se convulsiona empujado por las expectativas y las guerras, comerciales y de las otras. La política de Trump quiere un dólar débil que ayude a las exportaciones de su país y dinero barato de la Reserva Federal para que los ciudadanos-consumidores tengan una confortable sensación de riqueza. En vísperas de las decisivas elecciones de noviembre, aquellas que renuevan la totalidad de la cámara de representantes y un tercio del senado, Trump lima sus aristas más afiladas y el oro, dúctil y maleable, desinflama su cotización.
En las plazas financieras, las casas comerciales del compro oro, en las joyerías de lujo y las casas de empeños, el metal precioso mueve resortes que, de antiguo, permanecían parados; la vieja fiebre está de vuelta. Pero cuidado, conviene no olvidar que el oro lleva siempre adherida una imprevisible, misteriosa y fatal condición de quimera.
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