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La frase “El Estado soy yo”, atribuida a Luis XIV, posiblemente es apócrifa, pero es una excelente metáfora para describir el régimen político absolutista, en el cual el Estado -todas las instituciones, el territorio y la nación- son gobernados por un monarca que no está sometido a ninguna restricción institucional ni sujeto a la ley humana y, por lo tanto, ejerce, al menos teóricamente, la totalidad del poder.
Así las cosas, resulta que nuestro presidente del Gobierno es una mezcla entre un “autócrata” y un “líder absolutista”, ateniéndonos a la frase del monarca galo, Luis XIV. Y además, precisamente es oportuno mencionar el documental titulado “El autócrata” de Carlos Hernando, quien en un principio había previsto darle a luz coincidiendo a finales del 2023, pero que no fue posible comercializarlo en las salas de cine, a falta de la certificación del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA) y al final se exhibió en abierto y en palabras del director “para que cualquier web, plataforma, periódico digital y cualquier otro medio de difusión pueda publicar o emitir las veces que quiera este filme desde el 14 de julio hasta el 23 de julio de 2023”.
Una “autocracia” precisa un elemento fundamental como sustento, esto es, disponer de una pléyade de gente de confianza como cargos nombrados “digitalmente”
Las cinco características esenciales de cualquier régimen autocrático son, y por este orden: La ausencia del Imperio de la Ley, la erosión de la separación de poderes, el debilitamiento de la sociedad civil, la construcción de una sociedad a la medida del autócrata y el uso de las instituciones tanto para el mantenimiento del poder como para el hostigamiento a la oposición. Una “autocracia” precisa un elemento fundamental como sustento, esto es, disponer de una pléyade de gente de confianza como cargos nombrados “digitalmente”. Quiere decir, que el autócrata nunca depositará su confianza en “funcionarios de perfil técnico, sino adláteres políticos dependientes”, tal y como cuenta Carlos Rioba.
Así pues, la mejor manera que tiene el autócrata “para anular a la sociedad civil, esa permanente molestia, es o bien subvencionándola, es decir, haciéndola dependiente, o bien estableciendo barreras de entrada para limitar la creación de organizaciones que rebatan y señalen cuanto de malo tenga la acción de un Gobierno arbitrario y con tendencia irrefrenable al totalitarismo”, escribe este autor.
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