En boca cerrada...

Publicado: 26 may 2025 - 00:10
Opinión en La Región.
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La historia tiene entresijos diversos y enjundias indiscutibles, y qué decir ya de la hemeroteca, esa fastidiosa biblioteca que custodia y facilita el acceso de los diarios y otras publicaciones periódicas a quien consultarlas quiera. Para muestra la de los diarios El Montañés y Arriba -uno de esos que ahora Pedro Sánchez calificaría de pseudomedio-, que acaban siendo de lo más explícitos.

Pero vayamos por orden, que es la mejor manera de entender las cosas y, aunque en principio confunda, conviene esclarecer en qué consistía y quiénes integraban la llamada Vieja Guardia. Para entenderlo, habría que empezar por definir la Guardia del Generalísimo, un cuerpo integrado por tropas indígenas y europeas, fundado en los albores de la guerra civil, que constituía la guardia personal de Franco. La Vieja Guardia fue una facción compuesta por los más leales y antiguos componentes de Falange Española, adalides de Franco y comprometidos con el régimen.

Por otro lado, dentro de su organigrama, un “lugarteniente local de la Vieja Guardia de Franco” era un camarada perteneciente a la “vieja guardia” falangista. Estos comisionados actuaban como representantes locales de la guardia personal del dictador, encargándose de mantener el orden y la lealtad al régimen -léase someter- en sus respectivas regiones.

El lugarteniente local, como miembro de la Vieja Guardia, se investía de autoridad, en representación de Franco y su guardia en un lugar específico, manteniendo el “orden”, protegiendo al dictador y su familia, y ejerciendo la represión política de la dictadura.

Por otro lado, y aunque parezca que no venga al caso, describe el diccionario de la Real Academia Española el término eco como un rumor o noticia vaga de un suceso, definiendo “hacerse alguien eco de algo” como la locución verbal de contribuir a la difusión de una noticia, rumores, etc., mientras que hacerse eco de algo se define como contribuir a la difusión o publicidad de una noticia, rumor o asunto, es decir, apoyar la divulgación de algo, haciéndolo más conocido.

Y aquí es donde enganchamos con un personaje bastante asiduo en la televisión, y expolítico más o menos, que por lo general cerdea más que una cuerda de guitarra mal pulsada cuando habla de sí mismo. Para el caso, Miguel Ángel Revilla Roiz, expresidente de Cantabria, arrimado unas veces a unos y en otras ocasiones a otros.

Empecinado, pese a todo, maldice, grita y se obstina en acusar al rey de corrupto, obviando que una cosa es hacerse eco y otra muy distinta es propagarlo

Porque, pese a no ocultar su pasado falangista, lo que por lo general no menciona es que llegó a ser un lugarteniente de la Vieja Guardia, lo que lo sitúa en un compromiso con la dictadura que lo aleja bastante de su expresión de supuesta gratitud hacia Juan Carlos I cuando alababa que el monarca trajera consigo una democracia.

Cabe añadir que en su autobiografía afirma que, cursando económicas en el País Vasco, fundó un sindicato antifranquista, del que nunca se llegó a conocer el nombre ni las siglas, pero sospechosamente, cinco años después, lo nombraron jefe del Sindicato Vertical -algo que entra en absoluto conflicto con la aseveración de su hipotético transfuguismo sindical-, y todo ello porque de casta le venía al galgo, dado que su padre ocupaba en el lugar un puesto relevante en la Jefatura del Movimiento.

Y ahí es donde la cargó con todos los bafles, al acusar al Emérito aún después de que la Justicia archivara hasta la última causa contra él. Considerando su currículo, habría que valorar hasta qué punto Revilla es fiable, porque, admitiendo que Juan Carlos I regularizó su situación fiscal con Hacienda del mismo modo que lo hizo el ministro Pedro Duque, sin que nadie dijera “esta boca es mía”, como economista tiene la obligación de saber que si un español no tiene residencia en España, no tributa aquí, lo que le pasó al rey desde que lo obligaron al exilio; ergo, no hay delito.

Empecinado, pese a todo, maldice, grita y se obstina en acusar al rey de corrupto, obviando que una cosa es hacerse eco y otra muy distinta es propagarlo, y todo por unos minutos de gloria en la cresta de la ola en la pequeña pantalla, de la que afirma no cobrar nada, pero omite la cuantiosa publicidad que supone para facturar unos libros que rozan ya el medio millón de euros, y es que hay quien por vender, sin pudor deja entrar a las moscas.

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