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La bolsa o la vida” no era una frase producto de cualquier crack bursátil o una elección existencial límite: la pasta a manos llenas o la existencia laboriosa, oscura y sobria. Era más bien una desesperada súplica de cacos de poca monta; un embozado en la esquina, navaja en mano, o una secuela pobre de Dos hombres y un destino, en la sucursal bancaria. Una cosa de poco riesgo, escándalo local y menor rendimiento. La bolsa o la vida era un titular para El Caso, la épica de El Lute o el trasiego de Los Chunguitos. Con el fin de la Historia y las ideologías, la globalización, la brutalidad trumpiana, los mercosures y los grandes números de los acuerdos comerciales que se cobran en esperanzas vitales el incierto horizonte de los pequeños ganaderos y agricultores, la bolsa o la vida adquiere otro sentido y una nueva dimensión.
Mientras jóvenes, autónomos, empleados y pensionistas, corremos contra el reloj agónico del calendario mensual, las manos fuertes del dinero exprimen el presente y otean el medio y largo plazo
La vida se encoge y estrecha para crecientes capas de población, incapaces de seguir con sus salarios el ritmo de los alquileres o la cesta de la compra. La paga de fin de mes es una esperanza de mecha corta, tanto que a los pocos días se ha convertido en un estremecido cálculo en el ábaco doméstico, del escatimar en esto y lo otro. La vida se va quedando en una cosa mediocre y angustiada, de recorrido limitado, de esperanzas romas. En cambio, la Bolsa con mayúscula, los metales preciosos, las tierras llamadas raras, muestran su exuberancia en valores máximos desconocidos. Las grandes empresas exhiben sus beneficios exorbitantes, los dividendos riegan los fondos de inversión; el trasvase de capitales, de los bolsillos de los ciudadanos, asalariados y también de la economía productiva, a los grandes tinglados corporativos es un hecho. Ocurrió en 2008.
Mientras jóvenes, autónomos, empleados y pensionistas, corremos contra el reloj agónico del calendario mensual, las manos fuertes del dinero exprimen el presente y otean el medio y largo plazo. La alborotada geopolítica no altera el pulso de las grandes corporaciones. Bien al contrario, acelera y estimula las oportunidades en una escala que nunca imaginaron. Lo dejó ver Josu Jon Imaz, primer ejecutivo de Repsol, genuflexo ante Trump en el reparto del petróleo venezolano, ajeno o indiferente a los desequilibrios que el emperador deja a su paso.
Más allá del puñado de empresas tecnológicas y extractivas, la industria de la guerra o el real state al alcance del jet privado, al doblar la esquina, está la muchedumbre en la aspiración de salarios dignos, el acceso a la vivienda, las pensiones que permitan seguir los precios de los alimentos; está el inmigrante, escondido del ICE de turno, dispuesto a recoger las migajas de nuestra precariedad. Es la Bolsa o la vida.
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