Miguel Mosquera Paans
El pueblo salva al pueblo
UN CAFÉ SOLO
Retiró el espejo frente a la puerta. Ya no quería verse antes de salir de casa. No era temor por descubrir que habían aparecido más arrugas o que la ropa quedaba más ceñida al cuerpo que el invierno anterior. Simplemente había desaparecido la necesidad de una última mirada antes de pisar la calle adelantándose a lo que pensarían los demás. Cosas de la edad, se dijo, mientras cogía el ascensor y de reojo se miraba en el espejo que no podía quitar. Al tiempo que observaba su reflejo de manera furtiva supo que no era ahí, en la cuestión física, donde sentía que se había hecho mayor, a pesar de las evidencias. Donde realmente se le acumulaban los años no era en las canas, ni en los kilos, ni en la flacidez de los brazos. El peso se hacía notar en ubicaciones menos terrenales. Los miedos eran uno de los destinos. Cada vez eran más. Ganaban terreno a medida que el tiempo pasaba. Crecían donde antes nunca habían estado. Algunos irracionales, otros consecuencia de estar vivo. Llegó el de las enfermedades, hasta hacía poco una tierra sin apenas abono para dar frutos. El de aumentar las ausencias que iban borrando nombres en la agenda telefónica. El miedo desconocido a conducir o el vértigo a disfrutar de diversiones pasadas. Aparecieron temores que, en las cada vez más frecuentes noches de insomnio, se transformaron en gigantes imposibles de controlar.
Los deseos que daba por perdidos en la lista que hasta hace poco siempre crecía eran otra de las señales. Se dio cuenta el día que se escuchó diciendo: “Yo ya nunca voy a hacer eso”. Podía ser un viaje, un trabajo distinto o un sueño construido durante años. Añadió mentalmente a esas señales de hacerse mayor las conversaciones donde cada vez más el pasado ocupaba casi todo el espacio en detrimento de planes y anhelos para el futuro. Donde el “yo más” de la lista de enfermedades crecía. Hasta los pecados capitales cambiaron en el orden de preferencia. La lujuria o la gula, por cuestiones de colesterol, cedieron su primer puesto a la pereza. Pereza a debatir constantemente con quien no quiere entender, a compartir tiempo con quien nada se comparte, a combatir por lo que considera justo o a mantener las expectativas que los demás imponían.
Cuando llegó al portal ya había tomado una decisión. No desperdiciaría esfuerzos en eliminar arrugas, pero se mantendría beligerante ante todo lo demás. Sería de la generación “boomer”, pero eso no le restaba ni un solo derecho, ni borraba lo luchado ni todo lo conseguido. Mucho menos le hacía culpable de los males actuales del mundo. No entraría en la confrontación buscada, pero tampoco se dejaría avasallar. Ya en la calle, se sintió mucho más joven.
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