Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
Amity island
Resulta lógico que la mayoría de las personas coincidan en cuestiones que afectan directamente a la condición humana. Raro es el “baby boomer” que no recuerde a algún vecino del barrio, compañero de la escuela, o incluso haya experimentado en carne propia lo que era desplazarse merced a una órtesis, esas férulas que corregían deformaciones, mejorando la movilidad a las víctimas de la poliomielitis.
Al margen de las disquisiciones entre las vacunas de Jonas Salk o la del doctor Albert Sabin, y las diferencias de criterio en su aplicación, que cuestiona el volumen de la dosis recomendada, o las condiciones de aquella España de los 60 en la que el fármaco viajaba en neveras de Coca-Cola, cargadas al lomo de burros, sin garantizar su correcta conservación y eficacia, lo cierto es que finalmente fueron suficientes para prevenir una enfermedad que se dio por erradicada en Europa en 2002.
Tal es el caso de distintos males y trastornos que hallaron una solución, no solo para sus padecimientos, sino también a sus secuelas, asegurando una mayor integridad física y mental de la ciudadanía. Todos estos logros constituyen el resultado de un esfuerzo enconado en el que hombres y mujeres en distintos campos de la ciencia han tenido que luchar con escasez de medios, cuando no con el rechazo directo de las autoridades de sus respectivos países, hasta conseguir remedios que redundan en el bienestar general.
Por eso, cuando científicos de la talla de Manuel Elkin Patarroyo Murillo consiguieron poner sobre la mesa un avance como la vacuna contra la malaria, estaban colocando el entramado de un mundo mejor para todos. Científico que, por cierto, se quedó a dos velas en la financiación de su investigación para conseguir un preparado de mayor eficacia, pese a financiarlo de su bolsillo, con su sueldo como docente en la Universidad Nacional de Colombia.
Al doctor Barbacid lo han despachado las autoridades sin el menor remordimiento, negándole 3.000.000 de euros
Esta precaria situación en los investigadores tampoco le ahorró asperezas al doctor Mariano Barbacid, otro portento de la investigación que ha conseguido retrotraer el cáncer de páncreas en distintos afectados. También escaso de medios económicos para concluir una investigación que puede erradicar una grave enfermedad, que no se ceñirá a una ventaja para los españoles, sino a un legado para la humanidad.
Al doctor Barbacid lo han despachado las autoridades nacionales sin el menor remordimiento, negándole 3.000.000 de euros para continuar con sus ensayos, mientras el Gobierno de España no tiene pudor en destinar diez veces esa cantidad a un programa de televisión, diseñado para alabar al presidente del Gobierno.
Pero si hay algo que ha definido históricamente a los españoles es su coraje y solidaridad y, ni corto ni perezoso, inició una campaña para solicitar la candidatura al Premio Nobel de Medicina para el doctor Mariano Barbacid, simultaneándola con una cuestación popular, que en días ya ha superado la recaudación de 3 millones para continuar los ensayos.
En estos días, las Cortes Generales han vuelto a ser el testimonio de la mayor degradación democrática, asistiendo los ciudadanos atónitos al rechazo de la financiación para el doctor Barbacid, en un Parlamento que ha dejado de ser la casa de la palabra para convertirse en la arena de gladiadores, donde el núcleo duro del sanchismo se empeña en embadurnarse del burrajo más denso y salpicarlo al país. Dejando al margen ideologías y partidismos, se ha visto la peor gentuza profanadora, manifestando que el PSOE perdió las autonómicas de Aragón por culpa del fallecido Lambán. ¡Hasta a los muertos usan para sus desatinos! Si alguien se pregunta si se puede caer más bajo, por desgracia la respuesta es: “Espera y verás”. Menos mal que el Pueblo salva al Pueblo.
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