José María Eguileta Franco
DIARIOS DO PASADO
Augas sagradas
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No sé cuál es el número adecuado de calzoncillos que ha de tener un hombre. Manuel vivió durante un tiempo con seis. Uno para cada día. Que al séptimo descansó. Todos llevaban su nombre, Manuel Picouto, escrito con rotulador permanente en el interior de la goma.
Se los reponía su madre, porque hasta entrada una edad considerable, a él le asaltaba la vergüenza al escoger en las tiendas. Estos no que son de slip. Aquellos otros demasiado flojos y se me suben. Los otros tampoco que esas chicas me están mirando.
La ropa interior es como el amor: te pasas la vida equivocado hasta que aparece lo adecuado.
El calzoncillo seis de la semana, el que debería poner S en mitad de la huevada, se había caído por el hueco del patio de luces. Manuel tenía la manía de colgar la ropa en el tendedero de la ventana. Jugaba a la ruleta rusa de las cagadas de paloma, al riesgo del juicio vecinal si el apuro del café había dejado alguna marca de tono cobrizo. De nada sirvieron los consejos. Que si era mejor ponerlos sobre el radiador, o en el respaldo de la silla de la cocina que ahí siempre hace calorcito. Manuel era terco. Tanto, que dijo mondarina hasta segundo de carrera, que venía de mondar, decía, que era imposible estar equivocado.
Pero el calzoncillo se le cayó hasta postrarse en la terraza del segundo piso.
En el segundo piso no vivía nadie. Llevaba cerrado años, porque una vez lo alquilaron unas putas y el casero ya no se fiaba de nadie. Él mismo se dejaba mensajes pegados en la puerta “te vamos a ocupar el piso, segundo aviso”. Porque no hay mejor solución para prevenir, pensó, que una amenaza pública sin sentido.
Manuel, en el día de autos, el seis, tuvo que robarle un calzoncillo a su padre. No voy a comprar otro que mañana es domingo y no quiero que se me descuadre la semana. Razonó. En el cajón de Miguel, su padre, solo había bóxer. Que agarra la pierna y no deja bailar demasiado el mondongo, como siempre decía.
La ropa interior es como el amor: te pasas la vida equivocado hasta que aparece lo adecuado.
Se lo puso a regañadientes. La gente de costumbres sufre un colapso anímico cuando la vida le revisa las rutinas. Manuel, casualidad o causalidad, tuvo el mejor sábado de toda su vida. Con el calzoncillo de otro. En la cama de otra.
Sonó el timbre de casa el domingo. Era el Chema, el del segundo, que venía a renovar las amenazas. Le entregó el calzoncillo a Manuel, agarrándolo con unas pinzas de hielo. Negó que la prenda fuese suya. Por el desgaste de la tela, o porque no existe motivo alguno por el que alguien quisiera recuperar un calzoncillo abandonado. Pone tu nombre, dijo el Chema. No sé de qué me hablas, dijo Manuel y cerró la puerta.
Chema dejó el calzoncillo colgado en el portal, justo al lado de los buzones.
Nadie lo vio hasta el lunes. El rellano era una escena de Gila. Las miradas inquisitivas.
Manuel se compró siete bóxeres. El segundo piso sigue cerrado.
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