José Luis Gómez
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Ajuste de 15.000 millones a la vista
EL ÁNGULO INVERSO
Ha estado en la ciudad compañía Els Joglars. Se celebran nada menos que sesenta y cinco años por los caminos con sus obras. Me recordaron a aquellas compañías que vi de niño y que actuaban de pueblo en pueblo. Allá iba yo a la Plaza Mayor, con los ojos muy abiertos. Los vecinos traían sillas y bancos donde sentarse, con un gran alborozo. Para recaudar fondos sorteaban siempre una botella de Anís del Mono. Formaba parte del espectáculo.
Me vino a la mente aquella película de 1954 que dirigió José Antonio Bardem, “Cómicos”. Una película cruda, alejada de la sensiblería que refleja el mundo del teatro en la posguerra. Cielo santo, qué grandes actores: Fernando Rey, Emma Penella, Manuel Alexandre y hasta el propio Antonio Ozores. En un momento dice la protagonista: “No paramos de viajar en tren, dormimos en pensiones llenas de piojos, y si hay suerte tomamos un café”.
La obra “El retablo de las maravillas” la escribió Cervantes, y en ella no solamente refleja a los males de su tiempo, sino también los extravíos del mundo en que vivimos ahora. Es una sucesión de sketches tan atrevidos, que incluso muestran al fundador del Opus Dei que se mueve en el escenario tal como lo hiciera Chiquito de la Calzada.
Al fin, la historia de España está llena de pícaros. El trasiego de actores en escena es delirante. El vestuario deslumbra. El actor que hace de cura en la escena del Opus ciertamente nos conmovió. Actores curtidos, de gran altura; no puede uno dejar de mirar a las tablas.
En los tiempos cervantinos, era la pureza de sangre, hoy es el odio al diferente
Artistas de la talla de Ramón Fontseré, Pilar Sáenz, Dolors Tuneu, Javier Villena, Bruno López Linares, y otros. Quizás algunos sketches sean excesivamente previsibles. Con todo, esta obra abre en canal esta época como si Cervantes hubiese visto por una rendija el devenir. Refleja el mal más grande, que es la manipulación de nuestra mente.
Los vendedores de crecepelo de toda la vida que nos roban el alma. Desde aquella época, el mundo se llena de gañanes. Nos embaucan, nos hacen ver milagros donde solo hay vacío. Como si el pensar estuviese pasado de moda y solo nos afectaran los estímulos. Cervantes, a lo largo de su vida, había visto muchas vidas. Cuando los lobos ven a un cordero, no lo invitan a la manada. Se lo comen. Y ahí vamos por este mundo chabacano, cutre, casposo. Incluso logran hacernos mentalmente perezosos.
En los tiempos cervantinos, era la pureza de sangre, hoy es el odio al diferente. Viendo la obra tuve un flash. Don Quijote hace una nueva salida a combatir los males. De pronto detiene a Rocinante y grita a Sancho: “Dame la lanza, que esta va a ser una pelea una pelea sin igual. No lo ves, Sancho, ahí está el mismo Lucifer”. Responde Sancho: “No, mi señor, solo es un artefacto al que llaman IA”. Avanza lanza en ristre el caballero mientras grita: “No ves sus ojos terribles, no ves el azufre que suelta, nos ves su boca insaciable, es él, el mismo Satanás...”. No nos defraudó “El retablo de las maravillas”, pero le doy un tirón de orejas a Albert Boadella. Como si hubiéramos perdido los últimos restos de rebeldía. Ese agasajo obsequioso al final de la obra, llamando a las autoridades al escenario, doblando la cerviz y entregándole un regalo.
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