El precio de la urgencia

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Publicado: 17 may 2026 - 05:40
Opinión en La Región
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Hay lunes en los que entras al despacho y ya hay cuatro asuntos marcados como urgentes antes de quitarte el abrigo. Un cliente que pide una respuesta para hoy. Un equipo que necesita una decisión que llevaba dos semanas pendiente. Un correo que dice “te llamo en cinco minutos” sin contexto. Y un mensaje interno que abre con “perdona la urgencia, pero”. Te sientas, miras la pantalla y por un instante piensas que esa es la forma natural de empezar la semana. No lo es. Es un síntoma.

He aprendido, casi siempre tarde, que la cultura del “todo urgente” no acelera una empresa, la erosiona. Cuando cualquier asunto puede ser prioritario, ninguno lo es de verdad. La urgencia repartida sin criterio se convierte en ruido. Y el ruido, mantenido durante el tiempo suficiente, rompe lo más caro que tiene una organización: el criterio para decidir bien.

Hay un reflejo común en muchos directivos, y yo no me eximo. Empujar a base de urgencia. Marcar todo como prioritario porque parece que así avanza más rápido. Recordar dos veces lo que ya estaba claro, por si acaso. Pedir respuesta inmediata para una pregunta que podía esperar al día siguiente. Es un atajo que funciona el primer mes y pasa factura al tercero. Los equipos dejan de jerarquizar porque entienden, con razón, que ya no se les pide juicio, se les pide reacción.

La urgencia bien usada es un recurso escaso. Y, como todo recurso escaso, gastarlo a diario lo deja sin valor cuando hace falta de verdad. Si todo el año es alerta, cuando llega la alerta real nadie levanta la cabeza. Es la lógica del que grita por todo: el día que necesita que le escuchen, su voz ya no significa nada.

Las decisiones tomadas con urgencia tienden a ser superficiales. No por incapacidad del que decide, sino porque el tiempo es el único material que permite mirar un asunto desde varios ángulos.

Conviene distinguir con frialdad dos urgencias muy distintas. La que tiene un coste real por demorarse, medible en cliente perdido, en riesgo regulatorio o en ventana de mercado que se cierra. Y la que solo hace ruido, casi siempre alimentada por la ansiedad de quien la propone o por la falta de previsión de quien la dejó madurar mal. La primera merece interrumpir lo que sea. La segunda merece, casi siempre, una agenda al día siguiente.

Hay un coste que se ve menos y pesa más. Las decisiones tomadas con urgencia tienden a ser superficiales. No por incapacidad del que decide, sino porque el tiempo es el único material que permite mirar un asunto desde varios ángulos. Un comité que reacciona no es lo mismo que un comité que piensa. Una empresa que respira urgencia todo el día acaba especializándose en respuestas rápidas y desentrenando lo más difícil: las respuestas buenas. Ese desgaste no aparece en ningún cuadro de mando, pero sí en el ánimo de quien tiene que dar la cara fuera.

Aquí entra una idea que defiendo cuando hablo con quienes empiezan a dirigir. Buena parte del oficio consiste en jerarquizar el tiempo de los demás. Decidir, cada lunes, qué entra y qué sale del foco de la organización. Ese acto no es administrativo, es estratégico. Quien no lo hace, delega esa jerarquía en quien grite más fuerte. Y quien grita más fuerte no siempre es el que tiene razón; es el que tiene menos paciencia.

Las compañías que mejor envejecen son las que han aprendido a proteger el silencio. A apartar deliberadamente franjas de la semana en las que no se gestiona, se piensa. A bajar el volumen de la urgencia interna para que la urgencia externa se vea con nitidez cuando aparezca. En Galicia hemos crecido con esa intuición. Sabemos que el mar siempre da otra ola y que casi nada que merezca la pena ocurre en los primeros cinco minutos.

A quien empieza a liderar le diría algo muy concreto. Antes de marcar algo como urgente, pregúntate qué se rompe si esto se hace mañana. Si la respuesta es nada, no es urgente, es ansiedad. Si la respuesta es algo medible, adelante. Vivir con esa pregunta como filtro ahorra reuniones, evita decisiones malas y devuelve a la organización un activo que muchos ya hemos dado por perdido: el derecho a pensar antes de responder.

La urgencia no es enemiga, es termómetro. Lo grave no es que la haya, es que dejemos de sentirla porque ya nos hemos acostumbrado a vivir con fiebre.

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