Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Ante las tensiones arancelarias de Donald Trump, la presidenta de la Comisión Europea, Von der Leyen, se ha inventado una brújula. Brillante hallazgo. Aunque personalmente preferiría que hubiera inventado el barco entero, para llevarse a altamar a más de la mitad de los europarlamentarios, y vararlos allí, comandados por la capitana Von der Leyen y su poni.
Su plan para salvar a una Europa en declive se llama Brújula de la Competitividad. Inocente como soy a ratos, he abierto el Power Point de la dirigente alemana esperando encontrar algún retroceso en las políticas estúpidas que Bruselas lleva implementando desde hace años, obteniendo como resultado el aumento desesperante de la burocracia, la ruina de sectores enteros, y el pozo sin fondo de la inútil agenda verde. Nada de eso. Detrás del salpicón de palabras huecas, eso sí muy moda –“coordinación”, “biotecnología”, “computación cuántica”, “IA”, “skills”- no hay más, salvo la constatación de que una tercera parte del plan está dedicado íntegramente a la descarbonización y a un anunciado “Pacto Industrial Limpio” que, imagino, dará la puntilla a los que hayan sobrevivido a los pactos verdes anteriores.
Ante los evidentes problemas para acceder a energía a un precio razonable, la presidenta propone intervenciones para facilitar el “acceso a una energía limpia asequible”. La insistencia en la limpieza aparece por todas partes. Quizá la primera estupidez fue empezar a distinguir entre energías limpias y sucias. El suelo puede estar limpio o sucio. Los zapatos de Von der Leyen pueden estar limpios o sucios. El cerebro de un eurodiputado puede estar limpio o sucio. Pero la energía no. Podrá ser más o menos contaminante, y solo en el caso de que alguien logre un consenso científico al respecto, dejando al margen las supersticiones de los socialdemócratas alemanes, algo que no parece posible.
El mantra de la religión climática me adormece
En el tercer apartado, la Brújula pretende reducir las dependencias excesivas, y para ello propone una serie de “Asociaciones de Comercio e Inversión Limpios”. ¡Coño! Hasta las asociaciones de comercio tienen que ser limpias, lo que sea que eso signifique en este ámbito para Von der Leyen. Lo explica a continuación: “que deben contribuir a asegurar el suministro de materias primas, energías limpias, combustibles sostenibles para el transporte y tecnologías limpias de todo el mundo”. Limpias, limpias, limpias. El mantra de la religión climática me adormece.
De modo que, por hacerme una composición, mientras China sigue haciendo lo que les sale de los ojos entrecerrados a Xi, sin preocuparse lo más mínimo por la limpieza de sus industrias, mientras Estados Unidos acaba de mandar al carajo todas las políticas ruinosas que el zombie de la Casa Blanca copió de la UE en homenaje a Greta Thunberg, la UE sigue a la vanguardia de la competitividad mundial legislando sobre puñeteros tapones de botellas que te rascan la nariz, reeditando tasas “green”, y promoviendo productos limpísimos que nadie demanda, salvando, en fin, el planeta en solitario mientras el resto del mundo pasa de todo.
Ni siquiera en este momento crucial han sido capaces, con lo sencillo que era subirse al carro americano -en sintonía con la tendencia también en Europa- de poner coto a la ruina progresista y a la estupidez, y volver al sentido común. Al contrario, más verde, más limpia, y más bobadas. Y con eso recuperaremos la competitividad. En estupidez, quizá.
No creo que exista mayor paradigma de tonto útil hoy en todo el planeta, que un ciudadano europeo medio.
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