Café, sables y ajos de chinchón

EL ÁNGULO INVERSO

Publicado: 15 mar 2026 - 06:40
Café, sables y ajos de chinchón
Café, sables y ajos de chinchón

Miércoles, 11

Se ha ido quizás el último periodista de raza. Le conocí en mis largos años de Madrid. Allá en los 70, yo era una especie de discípulo del poeta oral Carlos Oroza. Raúl lo admiraba y muchas noches, sobre todo en el café, hablábamos sobre el mundo. Un día sucedió algo extraño y desde entonces no volvieron a hablarse. Te juro, vi a Raúl huir cada vez que se encontraba con él. Cierto es que el periodista manchego y yo aprendimos a escribir con ritmo, ese ritmo salvaje de los poemas de Carlos. Aquel jodido poema, “Malú”, que tanto nos fascinó.

Eran sus años en el periódico Pueblo, que dirigía Emilio Romero. Años en el Café Gijón, donde él mantenía tertulia. Años en que los gallegos “sin dinero” íbamos a la mesa de Laxeiro que, generoso como un dios, siempre invitaba a una taza de café y un cruasán. Ay, aquel Laxeiro tan desesperadamente de Lalín.

Estos días se escribió mucho de Raúl. Cierto, siempre fui fiel a dos columnistas: el inolvidable maestro Haro Tecglen, con sus imprescindibles columnas “Visto y oído” en El País, y, por supuesto, a Raúl, siempre incisivo y lúcido. No me olvido de Manuel Vicent y del maestro Umbral.

Raúl sabía: si no has vivido mucho no tendrás qué contar y él fue un pícaro, un golfo español. Para él, vivir era caminar por una senda donde el peligro acecha.

Su amigo Pepe Díaz me contó que tuvo un problema con un fulano que le llamó “juntaletras”. Entonces le dijo esa frase, muy suya: “Te cito a un duelo, busca padrinos. Tengo en casa la hoja curvada de un sable”.

Contaré una anécdota inédita y verídica. Me la narró Víctor Campio, ese poeta que parecía conocer siempre la palabra del destino. De aquellas, Víctor y Raúl eran maestros en un pueblo de Cuenca. Un día a la semana se reunían todos en un café:

-La cosa fue así, llega Raúl con gesto sonriente y nos dice: “Vengo de Madrid en el autobús. Me senté al lado de una señora rubia con traje azul y pendientes arabescos. Estaba muy buena. Vine metiéndole mano a destajo todo el trayecto”. De inmediato se levanta enfurecido un compañero, le coge de las solapas y le espeta: ¡esa es mi mujer, hijo de puta!

(Se nos fue Raúl. Decidió que era el momento de ausentarse. Se fue cargado de palabras valientes y sin miedo).

Jueves, 12

En el Principal estuvo José Sacristán, con la obra que él mismo escribió: “El hijo de la cómica”, un homenaje a su gran amigo Fernando Fernán Gómez. Ronda el maestro los 90 y allí estuvo en el escenario más de una hora y media. Él solo. Me recordó a los contadores de cuentos que vi en Marrakech allá en los 70, en la plaza Jemaa-el-Fna.

Repasó la vida de su compañero. Nos narró cuatro décadas del siglo XX. Las oscuras pensiones, vivían él y su madre “en una pequeña habitación sin ventanas”. Nos llevó a aquel filme, “El viaje a ninguna parte”. Nos emocionó.

(Al final lo esperé. Es huidizo a admiradores y periodistas, como su amigo. No tuve cojones de decirle que la obra, por supuesto conmovedora, adolecía de algunos clichés. Le dije: “Cuentas que tu longevidad se debe a los ajos de Chinchón”. “Pues sí, te recomiendo que los compres en el mercado de mi pueblo”.

Calle de la Paz adelante: “Es un honor caminar contigo”. Entonces, me espetó: “Eso no me gusta nada, y estoy cansado. Adiós”).

Posdata: Nuestra ilustradora Alba Fernández expone “Un mundo por pensar” en Dodo Dadá desde el viernes hasta el 2 de mayo. Por supuesto, altamente recomendable.

Contenido patrocinado

stats