Jaime Rodríguez Arana
La dimensión internacional del Estado de Derecho
En 1969 Luchino Visconti rodó una de las, a mi juicio, películas más impresionantes de la historia del cine: “La caída de los dioses”.
El director italiano diseccionó en la pantalla con la minuciosidad de un orfebre, el bisturí de un cirujano y la belleza plástica de un artista del renacimiento una historia monstruosa y terrible. La de una rica, elegante y refinada familia alemana de poderosos industriales a la que el ascenso del nazismo corrompe (no a todos) desde las raíces hasta el corazón. Y los destruye.
Dirk Bogarde, Helmut Berger, Ingrid Thulin, Helmut Griem, Charlotte Rampling y una larga lista más de esos actores y actrices a los que hay que ponerles un altar, levantan con sus fabulosas interpretaciones una increíble y fascinante arquitectura de la perversión, la decadencia y el terror que a los espectadores nos mantiene atados a la pantalla todo el tiempo. Como víctimas en una cruel y lenta tortura hasta que llega el final. Y el final es como el final de Apocalypse Now, aquella orgía de llamas apoteósica en la que también ardía la voz irrepetible de Jim Morrison: “This is the end, my friend, the end.”
Nuestros dioses de hoy son más prosaicos, más de andar por casa, y sus caídas ya no son épicas: parecen simples tropiezos de videojuego
Pero nuestros dioses de hoy son tal vez más prosaicos. Más de andar por casa. Más de Play Station. Así que sus caídas se parecen más a un tonto tropiezo del simpático Super Mario en el videojuego, que al trágico derrumbamiento de un panteón milenario de héroes mitológicos y gloriosos, griegos o romanos.
Y es que los dioses de hoy son un poco enanos, por decirlo claramente. No creo que ninguno de ellos sirva ni siquiera para componer un par de malos hexámetros dactílicos.
Como Cristiano Ronaldo por ejemplo, cuya señora va a una misa en Cuelgamuros el otro día, se hace un selfie allí y dice que es lo más hermoso y emocionante de su vida, mientras su chico portugués sigue esperando a que venga Fidias a hacerle la escultura, cosa que no va a ocurrir.
O el adorable Lionel Messi que parece un osito de peluche y se da besos, sonrisas y abrazos con Donald Trump en el Despacho Oval tan feliz mientras su anfitrión acosa, persigue y maltrata a latinos como él, aunque ni tan blancos ni tan bajitos, por las calles de Estados Unidos todos los días.
O Beckham, un elegante sir británico embajador de Catar, un país en el que su propia esposa Victoria no puede salir a la calle sin el permiso de él (¡ah, no, que ellos dos tienen bula!).
Y así un ciento. No solo futbolistas claro, hay de todo.
Pero ¿son estos los dioses contemporáneos? ¿Los que en este tiempo nos han tocado?
No Apolo, ni Zeus, ni Afrodita. Sino Cristiano, Lionel, Beckham y otros parecidos.
¡Por Hermes y Ares! Espero que no.
Como Abraracúrcix yo solo temo una cosa: que el cielo caiga sobre nuestras cabezas.
Pero me da, no sé porqué, que ya ha caído.
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