Jaime Rodríguez Arana
Derecho y razón
El otro día Juanjo Millás en el estupendo programa “Las edades de Millás” de Javier del Pino en la SER, el escritor disertaba con su vibrante y divertido estilo sobre los cajones que tenemos en casa. Según contaba se había despertado de madrugada, se había levantado e insomne se había puesto por una extraña ocurrencia a contar los cajones de su casa y a examinar su contenido. En total le salieron cincuenta cajones, muchos con objetos olvidados o desechados desde tiempo inmemorial como gafas, bolígrafos inútiles, relojes parados para siempre, etc. Aparte de los consabidos cajones de calcetines y otros objetos de uso, e incluso alguno vacío. Esto último le daba pie a Millás para recordar un verso de Carlos Edmundo de Ory que decía así: “Triste estoy como un cajón vacío”.
El caso es que la idea me recordó que por alguna ocurrencia similar hacía tiempo una vez yo había contado todas las puertas de mi casa. Puerta de entrada claro está, las interiores, las de los armarios empotrados, armarios de cocina y baños, etc. Todas.
Cuenten las suyas, a ver cuántas les salen. Se sorprenderán. Vivimos en un laberinto de puertas.
Mi casa es un piso normal de noventa metros en pleno centro de Vigo, si bien tiene una distribución bastante especial con un salón muy grande, un solo dormitorio y un pasillo diminuto. Cuando yo aún tenía a Atticus mi chihuahua, algunos amigos al venir a casa se sorprendían de que él no pasara al pasillo. Su territorio era exclusivamente el salón y la cocina. Lo eduqué así desde cachorrito y si yo me iba al dormitorio o al baño un momento él se quedaba a la puerta del casi inexistente pasillo, esperándome. Ante la sorpresa de mis amigos al descubrir eso yo solía argumentar: “Perdona, mira el tamaño de Atticus, tiene más espacio a su disposición que Donald Trump en su dúplex de la Quinta Avenida”.
Pues bien. Volviendo al tema aquel día contando como puerta cada hoja de una descubrí que mi piso tiene cincuenta y cinco. Cincuenta y cinco puertas. Parece el título de una novela de intriga.
Puertas grandes, pequeñas, dobles, correderas, de armarios o altillos, con cristales, macizas, permanentemente abiertas o siempre cerradas… Cuenten las suyas, a ver cuántas les salen. Se sorprenderán. Vivimos en un laberinto de puertas.
Millás contó los cajones, que es otra opción interesante. Los cajones guardan nuestra vida y nuestra memoria, y son una imagen de nosotros mismos.
Siendo yo un fotógrafo jovencito un día mi exjefe Luis Carballo reparó en que en mi mesa había un llavero con dos llaves. Me preguntó ¿son tus llaves? Sí, contesté, la del portal y la del apartamento. Entonces él se sacó del bolsillo un portallaves de cuero gigante, lo abrió y lo desplegó junto al mío. Allí había veinte o treinta llaves por lo menos. Después me dijo (Luis era muy irónico): “El número de llaves que lleva alguien en el bolsillo está en relación inversamente proporcional a su libertad. Recuérdalo siempre, Víctor.”
Y nunca lo he olvidado.
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