Lalo Pavón
O AFIADOR
As competencias de Díaz
A MESA Y MANTELES
El invierno era la época de mayor abundancia de patatas, que se almacenaban en espacios oscuros, secos y ventilados, situados por lo general en los bajos das casas y, a veces, también en los hórreos. La mayor parte de la patata gallega, incluida la de la Limia, se recogía en los meses de septiembre-octubre. Esta solía ser la cosecha principal, compuesta primordialmente por las variedades Kennebec y Agre, sin duda a las más comunes, pero en numerosas parroquias se cultivaban también otras castas tardías, cuya recolección se extendía hasta noviembre siempre que las condiciones meteorológicas resultaran favorables. De este modo, el campesino consumía las patatas cosechadas en otoño durante todo el invierno y la primavera, aunque, al acercarse el mes de mayo, lo que había disponible eran patatas viejas, que comenzaban a brotar y a tornarse más gruesa y oscura su piel. Los campesinos limpiaban los brotes para ampliar su utilización hasta la llegada de las primeras patatas nuevas del año siguiente.
La época de mayor abundancia era la primavera, en la que se disparaba la puesta, con un pico de producción en marzo-junio, merced al aumento de horas de luz y la disponibilidad de alimentos frescos para las gallinas: hierba, maíz cultivado en la casa, granos diversos e insectos, en especial lombrices, y asimismo restos de la cocina.
En verano, las patatas eran ya mucho menos abundantes. La salvación venía dada por la cosecha de patatas nuevas, las tempranas, cuyo advenimiento tenía lugar la partir de mayo o junio. Estas eran las que iban a parar al pote también en el cálido mes de agosto. Por consiguiente, merced a estas patatas de ciclo corto, recolectadas antes de su completa maduración, los paisanos podían almorzar los cachelos durante todo el verano.
Un recurso estival importante eran los huevos. La época de mayor abundancia era la primavera, en la que se disparaba la puesta, con un pico de producción en marzo-junio, merced al aumento de horas de luz y la disponibilidad de alimentos frescos para las gallinas: hierba, maíz cultivado en la casa, granos diversos e insectos, en especial lombrices, y asimismo restos de la cocina. Ahora bien, en primavera, algunas gallinas dejaban de poner para incubar los huevos. Esto permitía el nacimiento de los polluelos sin necesidad de incubadoras artificiales, lo que resultaba fundamental para la supervivencia del ciclo y la renovación del gallinero.
En los meses de julio y agosto la abundante puesta de huevos solía bajar ligeramente por mor del estrés térmico debido al calor y al comienzo de la muda de la pluma, ya que las gallinas afectadas dejaban de poner para regenerar su plumaje.
Manuel García Barros, en su obra: As aventuras de Alberte Quiñoi, revela la importancia que tenían los huevos como producto que las familias labradoras vendían en las ferias. Tan valioso, que quienes los ofrecían -que, por lo general, eran mujeres- tomaban medidas para que no se rompieran y procuraban tener buena cuenta de ellos, ya que al menor descuido había señoras que podían estar dispuestas para robar algunos. En efecto, en una feria de la zona de A Estrada, celebrada en la década de 1880, el protagonista: “vio como las vendedoras de huevos les cacheaban los cestos a las mujeres a ver si llevaban huevos, y como los metían en cajas, mezclados con virutas. Contó más de treinta cajas, y habría allí huevos a cientos o, a lo mejor, a millares”.
La venta de huevos tenía más valor de lo que actualmente podemos suponer, en una época en que las granjas industriales de gallinas ponedoras han multiplicado la producción y abaratado los precios. García Barros subraya la importancia que tenía esta venta para la economía familiar, por lo que el diligente vendedor que protagoniza el relato tomaba sus cautelas: “Los días de feria, armaba su cesto con unas libras de unto, una ristra de cebollas, otra libra de tocino y una docena o dos de huevos según las gallinas estuvieran más o menos ponedoras, para hacer frente a los gastos de la casa y ahorrar lo que pudiera. Para la venta, esperaba siempre el precio más alto, y si alguna vez no lo obtenía, volvía con el cesto para casa antes que vender por una perra menos”.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último
OBJETIVO: SEGUIR EN PLAY OFFS
Confianzas, las justas en O Couto para la UD Ourense que recibe la UD Sámano
MONTAJE Y DECORACIÓN
La pasión por la Semana Santa hecha miniatura en Ourense