Chito Rivas
PINGAS DE ORBALLO
Onde se acaba o mundo
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Existe algo dogmático detrás de algunos nombres. No podría explicar sino como varias generaciones llamaron élleliner al eyeliner sin que nadie se atreviese a corregir aquel acto de españolización casi ingenuo. Ilegítimo, casi indebido. Haciendo siempre hincapié en la tilde sobre la primera E, pues estaba mi abuela -que entre inglés y francés escogió no escoger- convencida de que élle era la tercera persona del singular del presente de indicativo.
Élle o fillo da Maruja, élle liner.
El verbo ser, un arma con cometido letal.
Fue mi abuela también la que decidió llamar a su perro El Maifren. Porque, bajo un razonamiento con margen mínimo para rebatir el argumento, no se le ocurría un nombre mejor para un animal de compañía que llamarle mi amigo.
Y así, por culpa de todas esas generaciones, me pasé media infancia usando nombres, adjetivos y algunos utensilios de marca con nombres que nadie entendía.
Solo mi abuela y alguna de mis tías. La señora del camping al que íbamos en verano también.
El camping era pequeño. Conectaba con la playa de Montalvo y se accedía por una carretera muy estrecha donde válgame Dios no cruzarte con un coche de frente. Estaba a una distancia de Portonovo suficiente como para ir dando un paseo largo, pero tan lejos como para no hacerlo nunca. Si querías hacer la compra en el Aldi, tenías que coger el coche. Si querías ir a tomar un helado al Norat, también.
Y así, por culpa de todas esas generaciones, me pasé media infancia usando nombres, adjetivos y algunos utensilios de marca con nombres que nadie entendía.
El camping Suavila olía a Nivea y melocotón.
El césped nunca consiguió ser verde, y las piquetas eran tan cabezotas que tenías que mojar mucho la tierra para poder clavarlas. Todos los veranos se nos hacía de noche montando las tiendas el primer día. Siempre había mosquitos. Daba igual la hora. Al señor Manolo nunca le picaban. Aunque es cierto que el señor Manolo siempre iba en chándal y se pasaba el día frente a la mesa plegable como parte del decorado del camping. Con la cara roja por el calor, que decía mi madre.
De mí siempre se reían porque pronunciaba Suavila con acento francés. Pues me parecía a mí un topónimo de la zona de San Juan de Luz. Así que me pasé todo el verano hablando como el inspector Clouseau.
Un buen día Julián, al que le gané de manera aplastante varias veces a las palas, quiso vengarse. Me ridiculizó delante de todos los niños por mi acento francés tildando mi habla como un retraso en mi aprendizaje escolar. Resultó tener razón, pues Suavila no eran más que dos palabras, sua vila, que traducidas al castellano sería algo como tu localidad. El fracaso escolar que hundió las que iban a ser las mejores vacaciones de mi vida. De repente me convertí en el gabacho.
El resto de aquel verano me lo pasé sentado con el señor Manolo jugando al dominó. Matando mosquitos.
Al primer perro que tuve después del incidente le llamé Thor. Mi abuela nunca jamás fue capaz de decir eyeliner.
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