Xosé Benito Reza
MI PLAN PERFECTO
Andaina polos vellos camiños de ferradura
TRIBUNA
Nos lo venían contando desde hacía meses y, sobre todo, durante los últimos días: íbamos a ser testigos de un acontecimiento excepcional. Sabíamos que era una auténtica carambola poder contemplar un eclipse solar total desde Galicia. El anterior había ocurrido tres días después del hundimiento del Titanic. Éramos conscientes, por tanto, de que ayer estábamos ante un momento único, y nos pusimos manos a la obra.
Algunos lo hicieron solos; otros buscaron compañía. Pero lo cierto es que la mayoría tratamos de disfrutar, cada uno a su manera, de nuestra particular carambola celeste.
Para conseguirlo necesitábamos, sin embargo, un aliado imprescindible: la meteorología. Era fundamental contar con una previsión lo suficientemente precisa como para decidir cuál sería el mejor punto de observación. Y esta vez, a diferencia de 1912, teníamos a nuestro alcance todo tipo de herramientas para intentar anticipar con la mayor exactitud posible qué iba a ocurrir en el cielo.
La realidad es que, en términos generales, «el tiempo nos acompañó». Galicia se encontraba bajo la influencia del anticiclón. Pero este 12 de agosto también pudimos comprobar, una vez más, el lado más caprichoso de nuestra meteorología: las habituales nubes de estancamiento en A Mariña, la nubosidad que fue apareciendo durante la tarde en la costa de A Coruña o las nubes de evolución que surgieron en algunas zonas montañosas.
Fue, en definitiva, un típico día de verano en Galicia. Solo que esta vez millones de miradas estaban pendientes de cada nube. Quizá por eso nos esforzamos más que nunca en comprender esos pequeños caprichos de la atmósfera. Y creo que también entendimos mejor el trabajo incansable de predictores y comunicadores meteorológicos, empeñados durante días en ofrecernos los mejores datos disponibles y, algo no menos importante, en explicarlos de la manera más clara posible.
Llegados a este punto, debería hablarles de lo que me pareció el eclipse, de las sensaciones y de los sentimientos. Pero me van a permitir que no lo haga. Cualquier intento por describir lo vivido le haría, probablemente, la misma injusticia que las fotografías: pueden ser magníficas, espectaculares incluso, pero ninguna consigue reflejar ni una mínima parte de lo que significa contemplar un eclipse total con tus propios ojos.
Solo puedo decirles una cosa: lloré ante tanta belleza.
Y, si alguna vez tienen la oportunidad de presenciar uno, no la dejen pasar. Para mí, pocas dudas quedan ya: es el mayor espectáculo que el cielo puede ofrecernos.
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