Jesús Prieto Guijo
LA OPINIÓN
Carlos Alcaraz, arenas movedizas y la mantícora serbia
LA OPINIÓN
Viktor Frankl, psiquiatra judío, sobrevivió a cuatro campos de concentración; catarsis de la que infiere que “lo que alimenta a la ansiedad es tu lucha contra ella”. Lo mismo ocurre con las arenas movedizas. La viscosidad del barro aumenta con la presión por lo que, cuanto más luchemos, más nos hundiremos. La única esperanza reside en mantener la calma, no rebelarse y aguardar a que la masa sea gentil y nos permita salir del embrollo evitando la fatalidad. Pero, ¿quién se sosiega cuando todo pende de un hilo?
En el cierre del sexto juego del tercer set de la semifinal del Open de Australia, Alcaraz le comunica a su box que ha vomitado. Tres más tarde, se lleva las manos al muslo. Zverev se querella ante la jueza: “is cramping”. Efectivamente se está acalambrando y los viejos fantasmas de Roland Garros 2023 sobrevuelan su cabeza. En aquella semifinal ante Djokovic acabó siendo absorbido por la arcilla que también se movía bajo sus pies “por los nervios y la tensión de jugar con una leyenda”. Pero esta vez no.
Allí espera la mantícora. Cabeza de hombre, cuerpo de león y cola de escorpión. De los pocos que le supera en sus duelos. Djokovic es un jugador atemporal, más bien eterno, que suma a su descollante técnica un empleo táctico obsesivo, digno de la máquina que derrotó a Kasparov.
Samu López y su banquillo le tienden varios cables de sujeción: “respira”, “punto por punto”, “que pase el tiempo”, “no me enfado”. Corretja los acompaña desde cabina: “cuanto más te estreses, peor”. Como la cita de Frankl, como las arenas movedizas. Carlos renquea por toda la pista, no corre a por la bola pero se atornilla entre la línea de fondo y las letras de ‘Melbourne’ para desatar la magia de una muñeca bañada en el Estigia. Incluso parece más extremo que aquel monumento de Fognini. ¡Está cojo! Amaga con retirarse pero recuerda lo de Nadal y las oportunidades. Se adapta. No se reprocha nada, ni un solo mensaje negativo. Sonríe a la grada. En las Antípodas habían oído hablar de Blas de Lezo y ahora lo pueden ver. Pierde dos tie-breaks, milagrosamente se mantiene en pie y, de repente, recupera la movilidad. La neurolingüística y el jugo de pepinillos han funcionado. Carlos está en su primera final de Australia.
Allí espera la mantícora. Cabeza de hombre, cuerpo de león y cola de escorpión. De los pocos que le supera en sus duelos. Djokovic es un jugador atemporal, más bien eterno, que suma a su descollante técnica un empleo táctico obsesivo, digno de la máquina que derrotó a Kasparov. Un demente de la preparación que desayuna agua tibia y rumia plantas como un búfalo. Es así como le gana la guerra a un mozalbete italiano que fue mejor que él en absolutamente todo. Las uñas del serbio se agarran a la pista por su última voluntad: ser el humano con más número de grandes.
Es la tercera mayor diferencia de edad de las finales de los slams, con 16. Djokovic sabe más por viejo y comienza aplastando. Carlos desconoce qué hacer con la derecha de 24 quilates de su rival pero no se inquieta ante el monstruo. Ya no patalea como en Wimbledon con Sinner. Busca soluciones y las encuentra. La mantícora es legendaria pero no pica como antes. Alcaraz es el más joven en completar el Grand Slam y añade su nombre a los de Lacoste, McEnroe o Wilander con siete majors.
Carlos corre a su esquina y se abraza a su gente. En ese córner ya no está Ferrero que ni siquiera ve los partidos porque le remueve la emoción. Álvaro es ahora quien se encarga de todo. ‘Blessed Hands’, le dicen, pues supuestamente, lo bendijo con el peinado de Nueva York. Carlos dice que su hermano “sabe muchísimo de tenis”, aunque en la ATP solo aparezca registrado un rosco contra un italiano en 2019.
Frankl cuenta como se sobrepuso a la ansiedad en los campos de concentración en su best seller ‘El hombre en busca de sentido’. En Alcaraz, que con 22 años ha vencido a las arenas movedizas y a la mantícora serbia, nada, absolutamente nada, lo tiene.
@jesusprietodeportes
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