Jenaro Castro
MORRIÑA.COM
Confusión y relato
DEAMBULANDO
Si hubiese un cura tan apegado a su parroquia, pocos hallaríamos como a Carlos Babarro, más de medio siglo sin moverse del curato de San Lourenzo de Siabal, ese airoso templo de sobresaliente barroca torre. Corrían los 50 del pasado siglo, tiempos de vocaciones religiosas, alguna como escape de la imperante miseria. Estudiantes de la eclesial carrera se solazaban cada semana en salidas extra muros del Seminario; creíamos los seglares que no por una disimulada avidez de contactar con el mundanal ruido que no suponíamos carnal, de tan espiritualizados como nos parecían aquellos acólitos de la fe. Salían, se expansionaban y daban patadas a un balón aprovechando solitaria carretera de los arrabales, ya fuera la térrea y encoiada de Piñor, ya la de cualquier espacio o campo de fútbol del extrarradio, porque sospecho que en el Seminario no lo había por aquel tiempo. Lo que más llamaba la atención de aquellos seminaristas en disperso solaz era cuando se desprendían de su roja estola, subían la sotana para liberar las piernas y corrían tras un balón. Fue una inolvidable estampa porque les veíamos como mortales con piernas que asomaban, pareciéndonos como más cercanos. Carlos formaba parte de ese escuadrón de desfogados alumnos de la fe.
Misó pronto; fue a ejercer su ministerio allá a esa remota aldea de Rebordechao, la que está a los pies de la sierra de San Mamede, cual anacoreta en autoimpuesto retiro, mitigado por el acompañamiento de una hermana como ama de llaves, oficio que por entonces ejercían, además de familiares, religiosas o cercanas que servían a los párrocos en sus rectorales casas, lo que avivaba la picaresca. Uno años después, cual consagrado cura de aldea en la parroquia de Siabal, no distante de sus paternos lares, propondría su apetencia por la vida rural a cualquier pretensión en el “aeclesiasticus cursus”, desde arcipreste, a canónigo, deán u obispo.
Le permitió su curato de Siabal un más íntimo contacto con la Naturaleza y con los pobres que por allí deambulaban, que él se encargaba de que no fuesen de vacío, si por tal el llenado de estómago con algo caliente. Esta implicación con los desfavorecidos modeló esa personalidad singular de un hombre entregado al servicio de los otros, lo que ya había mamado bajo el techo de unos padres generosos: María y Marcial, esos prohombres de A Rabeda que no descuidaban el contacto con la ciudad donde él tenía buenos amigos, visitando La Región para departir con los hermanos Outeiriño, Ricardo y Alejandro, parientes, por demás, no tan lejanos.
El Carlos, valedor de desamparados, era un ejemplo silente, cercano con todos, hasta pastoral como algo inherente a su naturaleza, y ese mentada debilidad por los más desfavorecidos a los que acogía también en su casa de Mingarabeiza y, para que no se sumergieran en el anonimato de una fosa común, preparó una tumba con la leyenda:”San Lorenzo a sus pobres”. Allí quiso hacer residencia de su última morada, quien además visitador de enfermos, hospitalizados, o encamados en sus casas, para los que siempre tenía la palabra adecuada. Así se nos iría a ese paraíso de almas nobles quien fue recordationis dignus.
Solamente una pasión igualaría a la que demostró por los necesitados, la caza y la pesca, prácticas que podrán parecer hasta inadecuadas pero que en él disculpables porque más se solazaba en pagados cotos que disparando a perdices o a conejos en más salvaje estado por estos montes.
En un mundo laiquizado, con escasas vocaciones sacerdotales, Babarro atendía a varias parroquias, misando de aquí para allá en incansables viajes, tomándose luego un reposo en su bucólica Mingarabeiza a la sombra de sus frutales y entre las paredes de una casona que le proporcionaba la frescura y compañía de sus dilectas hermanas Lola, Mercedes o Marina y su no menos dilecto y apacible cuñado Pepe, el de San Vitoiro.
Una tarde, atisbando la centena en lontananza, Carlos, como en un discreto silencio… se nos fue yendo hacia ese paraíso que él predicaba, donde moran los que me dieron pan cuando hambriento, agua cuando sediento, albergue cuando peregrino.
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