Ricardo F. Colmenero
Teoría do caos
SENDA 0011
Hace unos días se jubiló el camarero de la cafetería donde tomo el café muchas mañanas en Ourense. Más de treinta años detrás de la misma barra. Hubo aplausos, algún abrazo y alguna lágrima discreta. Al día siguiente la cafetería abrió a su hora, con la misma máquina, las mismas tazas y la misma carta. Y sin embargo faltaba algo. Nadie sabía ya que el señor de la mesa del fondo quiere la leche templada, que la chica del banco pide la tostada sin cortar o que a dos de los habituales mejor no sentarlos juntos.
Nada de eso estaba escrito en ningún sitio. Estaba en él. Y se fue con él. Quien ocupa ahora su sitio lo hace bien y aprenderá, pero tendrá que descubrir una a una cosas que él sabía sin pensar.
Ayer escribí en mi newsletter sobre las máquinas que empiezan a decidir qué recordar de cada conversación. Hoy quiero hablar de la otra memoria, la que tenemos en las empresas desde siempre y que casi nunca gestionamos.
Las empresas guardan muchísimo. Contratos, correos, actas, presentaciones, carpetas compartidas que ya no abre nadie. Pero guardar no es recordar. Recordar es saber qué importa de todo eso y por qué. Y esa parte no está en el servidor. Está en unas pocas personas que llevan mucho tiempo en la casa. Cuando en una reunión alguien pregunta por qué un cliente tiene condiciones distintas, o por qué un proceso da un rodeo extraño, todas las miradas van a la misma persona.
Hay una frase que delata una memoria rota a medias: siempre se ha hecho así. Es lo que queda cuando una empresa recuerda el qué y ha olvidado el porqué. Alguien decidió hace años revisar dos veces cada pedido de un cliente concreto, porque aquel cliente tuvo un problema serio. El cliente se fue hace cinco años. La doble revisión sigue y nadie sabe explicarla. Una costumbre sin su razón es memoria fósil: ocupa sitio, cuesta dinero y no enseña nada.
Lo curioso es que esa memoria se pierde por los dos extremos. Se va con quien se jubila o cambia de empresa, casi siempre con una despedida cariñosa y ningún traspaso. Y nunca llega del todo a quien acaba de entrar, que aprende el cómo en una semana y tarda años en enterarse del porqué, si es que alguien se lo cuenta. Entre medias la casa funciona, pero cada vez sabe menos de sí misma.
Es que alguien decida qué merece la pena recordar, en lugar de dejar que lo decidan las jubilaciones, las bajas y las mudanzas. En veintidós años he visto salir mucho conocimiento por la puerta sin que nadie lo echase en falta hasta meses después.
Tampoco lo arregla la tecnología por sí sola. Se puede tener el mejor sistema documental del mundo y que nadie haya escrito en él lo único que importaba. Los documentos suelen explicar qué se hace. Muy pocas veces explican por qué.
Ahora bien, esto no es un elogio de la nostalgia. Una empresa que lo recuerda todo tampoco funciona. Conozco casas en las que un error de hace diez años todavía veta cualquier idea que se le parezca: eso ya se intentó y salió mal. Puede que saliese mal por razones que hoy no existen. El agravio entre dos departamentos que nadie sabe cómo empezó, el miedo heredado a un mercado, el cliente que nos hizo daño y nos volvió desconfiados con todos los demás. Hay cosas que conviene dejar ir, y dejarlas ir a propósito.
Así que la cuestión no es recordar más ni recordar menos. Es que alguien decida qué merece la pena recordar, en lugar de dejar que lo decidan las jubilaciones, las bajas y las mudanzas. En veintidós años he visto salir mucho conocimiento por la puerta sin que nadie lo echase en falta hasta meses después. Casi nunca porque la persona quisiera llevárselo. Simplemente nadie se lo había pedido.
El ejercicio de esta semana cabe en un café. Busque a la persona que más tiempo lleva en su empresa y pregúntele por qué se hace algo que todos hacen sin pensar. Apunte la respuesta. Si la razón sigue viva, ya tiene algo que contarle al próximo que entre. Si ya no existe, acaba de encontrar algo que puede dejar de hacer mañana. Y si tampoco ella lo sabe, ha descubierto que esa memoria se perdió hace tiempo y que lo único que queda es la costumbre.
Al camarero lo despedimos con aplausos, como se merecía. Lo que nadie hizo fue preguntarle antes todo lo que sabía. Pasa en las cafeterías. Y pasa, sobre todo, en las empresas.
Una empresa no es lo que guarda. Es lo que decide recordar.
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