La casa

UN CAFÉ SOLO

Publicado: 13 ene 2026 - 07:55

Sonia Torres
Sonia Torres | La Región

Percibe el olor. Cierra los ojos. Huele a tiempo, a cuidados, a ternura, a compartir y a conversación. Es la comida de cualquier día cocinándose despacio en la cocina. Es volver a casa. Regresa mentalmente y es ahí donde quiere quedarse.

Sigue caminando por la calle recién estrenada intentando descubrir rincones secretos. Le adelanta un grupo de niños corriendo sin cansarse. Los sigue con la mirada y aparece su pequeña calle empedrada con los juegos inventados, las peleas y los abrazos, los encuentros después de la merienda, el grupo. Sabe que eso es casa. El lugar que desearía volver a construir.

Entra en el primer bar que descubre. Desde el otro lado de la barra le preguntan qué quiere tomar. Y por un momento duda, no sabe qué responder. Añora el otro bar, el de la esquina de su barrio con letras verdes. Ese, donde al abrir la puerta, una voz ronca le llamaba por su nombre mientras le servía, sin preguntas. Ese donde todos se encontraban, sin convocatorias ni tiempo bloqueado en una agenda. Donde la despedida era simple, una palmada en la espalda y un “nos vemos mañana”, que siempre se cumplía. No tiene dudas, eso también es casa. Añora poder sentir la complicidad de un lugar seguro y familiar, donde todos saben quién eres.

Son casas sepultadas en la memoria a las que nadie quiere volver, mucho menos replicar una vez consumada la huida. No han creado sueños, solo pesadillas largas que hacen temblar aunque ya se esté lejos.

En la memoria construida con esos olores, sonidos, colores únicos y manos reconocibles que sujetan suavemente pero con firmeza, sabemos que está nuestra casa. Y a ella queremos regresar siempre.

Soñamos con poder replicar en cualquier otro lugar esa misma vida, aunque las letras del bar sean amarillas, la cocina apenas ocupe un metro cuadrado y la canción nos suene extraña. Aunque no sepamos cocinar y la imaginación ya no dé para inventar juegos, ocupada en sortear cada día la realidad.

También hay otras casas donde el miedo lo invade todo. Donde nada se puede elegir porque todo viene impuesto: por los gritos, por los golpes, por las amenazas y el chantaje. Son lugares sin calles donde jugar, porque son solo un refugio frío para amortiguar el terror. Son casas sepultadas en la memoria a las que nadie quiere volver, mucho menos replicar una vez consumada la huida. No han creado sueños, solo pesadillas largas que hacen temblar aunque ya se esté lejos. De esas casas solo queremos que queden las ruinas, para no olvidar el daño que infligieron. Destruir los planos para que nadie pueda volver a construirlas.

Donde queremos volver es a la casa de la palabra, del afecto, de las amistades, de los juegos y los encuentros. La casa de la familia, de la pertenencia y de la apertura. La casa libre que nos acepta y no nos agrede. Siempre queremos regresar solo a ese lugar que nos hace bien. Sea casa, país o futuro.

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