Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Café con Amancio Ortega en Zara
La intervención del presidente de Estados Unidos, Donald Trump ante la Asamblea General de Naciones Unidas constituyó el mayor ataque a la línea de flotación de las convenciones que han venido rigiendo el funcionamiento de la comunidad internacional, aliñado con su aversión a los consensos científicos, a la multilateralidad en las relaciones para abordar los principales problemas del mundo, con la soberbia propia de un megalómano inconsciente y con amenazas de que “el infierno” es lo que espera a los países que no atajen la inmigración. Desde el atril, Trump volvió a utilizar un lenguaje infantiloide para abordar asuntos como el cambio climático, el genocidio en Gaza y hasta para proponerse para el premio Nobel de la Paz.
En la sede del multilateralismo, Trump se dedicó a denigrar la función de las Naciones Unidas a la que acusó de escribir muchas cartas con “palabras vacías” y su incapacidad para resolver los conflictos y las guerras que afectan al mundo, sin mencionar, por supuesto, que es el derecho de veto de los cinco grandes países vencedores de la II Guerra Mundial lo que impide que se puedan tomar decisiones contundentes cuando van en contra de sus intereses nacionales. Por el contrario, volvió a repetir la mentira de que él ha acabado con media docena de conflictos desde que ocupa la Casa Blanca.
“¿Qué tipo de mundo elegiremos?”, la pregunta lanzada por el secretario general de la ONU, Antonio Guterres.
Tras exponer el catálogo de sus obsesiones, las críticas a Joe Biden, los beneficios de los aranceles para el comercio de su país, el apoyo al ultra brasileño condenado por golpe de Estado, Jair Bolsonaro, la labor de El Salvador, a cuyas cárceles ha enviado a centenares de presos que estaban en las prisiones estadounidenses, Trump utilizó la tribuna para defender la posición de Israel en el conflicto de Gaza y frente al resto de países que han reconocido al Estado de Palestina, uno de los asuntos que ha sobrevolado la Asamblea de la ONU, lo consideró como una victoria de Hamás a la que exigió la liberación de los rehenes. Ni un asomo de condena hacia las masacres cometidas por el ejército israelí en su demolición de Gaza. Y por si fuera poco, mentiras como que el alcalde de Londres quiere imponer la sharía.
No pudo faltar la referencia a otro de los demonios, a él que tanto le gusta el lenguaje religioso, el cambio climático retratado como una gran estafa y que resaltó con un alegato en favor de las energías fósiles, las nucleares y el carbón “limpio y hermoso”, en otra muestra más de una forma de expresión impropia del mandatario del primer país del mundo occidental. En definitiva, toda la intervención de Trump fue un compendio de propuestas que van en la línea de crear un “desorden internacional” y de promover procesos autocráticos, como denunció el presidente brasileño Lula da Silva. Cuando concluya la Asamblea General de la ONU seguirá flotando la necesidad de responder la pregunta lanzada por el secretario general de la organización, Antonio Guterres: “¿Qué tipo de mundo elegiremos?”.
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