Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Viví en Cataluña durante veinte años y regresé a Galicia hace poco más de dos. No fue una decisión sencilla, pero el ambiente allí se había vuelto asfixiante para quienes no compartíamos la deriva independentista. Lo que antes era una convivencia con matices ahora es una fractura evidente. Cataluña ya está, en la práctica, fuera de España. No se ha proclamado formalmente la independencia, pero en el día a día, el Estado es una presencia lejana y prácticamente irrelevante.
Durante años, he visto cómo se ha ido desdibujando la identidad española en Cataluña. La Generalitat ha impuesto un sistema educativo y mediático que ha modelado generaciones con una visión completamente ajena a España. Mientras tanto, los sucesivos gobiernos centrales, tanto del PSOE como del PP, han mirado hacia otro lado, cediendo por miedo o por cálculo electoral. La falta de respuesta del Estado ha permitido que la autonomía se convierta en una estructura de poder que actúa con total independencia de Madrid.
La desobediencia institucional se ha convertido en norma. El referéndum de 2017 fue la prueba definitiva de que el Estado ha perdido el control sobre Cataluña. El Gobierno español ha demostrado ser incapaz de hacer cumplir la ley, y eso solo ha reforzado la sensación de que Cataluña ya es otra cosa.
Aun así, la ruptura no es total ni irreversible. Cataluña sigue dependiendo económicamente de España, y una parte significativa de la población aún se siente española. Sin embargo, el desgaste de los últimos años ha sido profundo, y revertir esta situación exigirá un esfuerzo que hasta ahora ningún gobierno ha querido asumir. No todo está perdido, pero recuperar la cohesión requeriría un cambio de estrategia que parece cada vez más improbable. La pregunta ya no es solo si Cataluña se independizará, sino si España aún tiene la capacidad y la voluntad para evitarlo.
Marta González González.
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