Eduardo Medrano
TAL DÍA COMO HOY
El cepillo de dientes
TAL DÍA COMO HOY
El 24 de febrero de 1938, en la fábrica DuPont de Arlington (Nueva Jersey) se fabrica el primer producto de nailon destinado a la venta: un cepillo de dientes.
El nailon, a diferencia de las cerdas de animales que se empleaban anteriormente, es más resistente, flexible y da un mejor cepillado, evitando la contaminación por bacterias y haciendo que el cepillo se seque más rápido.
Así mismo, las cerdas de nailon se quedan mejor adheridas al mango del cepillo, evitando desprendimientos en el momento de usarlo.
El nuevo “cepillo milagro” conseguía una buena higiene, pero, a pesar de ser popular y estar mejorado, tenía el problema de que sus cerdas eran duras al contacto
Fue en 1950 cuando apareció el cepillo dental “Park Avenue” de DuPont, que mejoró las cerdas haciéndolas más suaves, facilitando la limpieza de los dientes sin molestias, y haciéndolo más barato y accesible.
Se estima que cada año se venden alrededor de 3.500 a 3.600 millones de cepillos de dientes de plástico en todo el mundo.
Pero no nos quedemos solo en ese hito:
El descubridor del nailon y quien lo patentó por primera vez fue Wallace Hume Carothers.
Lo descubrió en 1933, pero no lo patentó hasta el 20 de septiembre de 1938 (patentes 2130523, 2130947 y 2130948 de los EEUU).
A la muerte de Carothers, la empresa DuPont conservó la patente. Los Laboratorios DuPont, en 1938, produjeron esta fibra sintética fuerte y elástica, que reemplazaría en parte a la seda y el rayón.
Con este invento se revolucionó en 1938 el mercado de las medias, con la fabricación de las medias de nailon, pero pronto se hicieron muy difíciles de conseguir, porque al año siguiente los Estados Unidos entraron en la Segunda Guerra Mundial y el nailon fue necesario para hacer material de guerra, como cuerdas y paracaídas.
Pero recordemos antes de las medias o de los paracaídas, el primer producto de nailon fue el cepillo de dientes con cerdas de nailon.
Este refrán recomienda aceptar los regalos de buen grado y sin poner reparo alguno, pues se considera descortés el analizar exhaustivamente la calidad del obsequio, así como resaltar sus defectos o fallos.
Es un dicho que nace el siglo XIX, cuando el caballo era uno de los principales medios de transporte y, por lo tanto, imprescindible para la sociedad.
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