Eduardo Medrano
TAL DÍA COMO HOY
El cepillo de dientes
España atraviesa un momento delicado. No solo por los desafíos económicos, territoriales o internacionales, sino por algo más profundo y corrosivo: el deterioro de la confianza entre los ciudadanos y quienes los gobiernan. En este contexto, la palabra dignidad adquiere un peso especial. No es retórica. Es una exigencia democrática.
Gobernar no es resistir en el poder a cualquier precio. No es convertir cada comparecencia en un ejercicio de propaganda ni cada crítica en un ataque personal. Gobernar exige altura de miras, respeto institucional y una mínima conciencia de Estado. Y eso, es precisamente lo que muchos ciudadanos sienten que se está perdiendo.
En los últimos años, el debate político se ha degradado hasta extremos preocupantes. Se gobierna a golpe de relato, se desprecia la discrepancia y se normaliza una polarización que divide a la sociedad en bloques irreconciliables. Quien critica es tachado de enemigo; quien duda, de desleal. Esta forma de ejercer el poder no fortalece la democracia española: la empobrece
La dignidad política se demuestra con hechos. Se demuestra explicando la verdad, aunque incomode. Se demuestra respetando la separación de poderes y las instituciones del Estado, no utilizándolas como herramientas partidistas. Se demuestra tratando a los ciudadanos como adultos capaces de comprender la complejidad, y no como simples destinatarios de consignas.
España no es un eslogan ni una campaña permanente. Es un país con millones de personas que trabajan, pagan impuestos, sostienen los servicios públicos y esperan algo más que discursos autocomplacientes. No es digno minimizar los problemas reales -la pérdida de poder adquisitivo, la incertidumbre laboral, el acceso a la vivienda, la corrupción- mientras se insiste en una visión edulcorada de la realidad.
Los ciudadanos necesitamos menos confrontación y más responsabilidad. Menos propaganda y más respeto. Menos soberbia y más autocrítica. La dignidad no consiste en no equivocarse, sino en reconocer los errores, corregirlos y asumir las consecuencias políticas de las decisiones tomadas.
No pretendo con estas líneas hacer un llamamiento al enfrentamiento, sino a la decencia institucional. La dignidad es el mínimo exigible a quien ostenta el máximo poder ejecutivo del país. Sin ella, la autoridad se vuelve frágil, el liderazgo se vacía y la política pierde su razón de ser.
Dignidad, señor presidente. Dignidad con España, con sus instituciones y con sus ciudadanos. Porque un país puede soportar gobiernos mediocres, pero no debería resignarse nunca a gobiernos sin dignidad.
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