Roberto González
Todos somos Ceuta
Es muy fácil ser comprensivo con los problemas cuando los problemas los tienen otros. Resulta sencillo hablar de solidaridad, convivencia y tolerancia desde cientos o miles de kilómetros. Mucho más difícil es hacerlo cuando una situación excepcional altera tu barrio, preocupa a tus hijos o condiciona la tranquilidad con la que salías de casa hasta hace apenas unas semanas. Por eso, antes de opinar sobre Ceuta, convendría hacer un ejercicio muy sencillo: ponerse en el lugar de los ceutíes.
Defender los derechos humanos es perfectamente compatible con exigir una frontera segura
Ha pasado prácticamente un mes desde aquella entrada masiva de miles de personas por la frontera. La ciudad continúa soportando una presión extraordinaria y un mes, cuando el problema está en la puerta de tu casa, es muchísimo tiempo. Podemos y debemos empatizar con quien abandona su país buscando una vida mejor. Detrás de cada migrante hay una historia y, en muchos casos, pobreza, desesperación o la esperanza legítima de encontrar un futuro diferente. Pero esa empatía no puede ser selectiva. También debemos ponernos en la piel de quienes viven en Ceuta: familias, comerciantes, trabajadores, padres preocupados por sus hijos y ciudadanos que sencillamente quieren recuperar su vida cotidiana.
A veces practicamos una solidaridad demasiado cómoda. Nos compadecemos de la persona enganchada a las drogas que duerme en un portal y acaba robando para mantener su adicción. Entendemos su drama, y debemos entenderlo. Pero seguramente nuestra percepción cambia cuando ese portal es el nuestro, cuando el garaje en el que roba es el nuestro o cuando nuestros hijos tienen que convivir diariamente con esa situación. Comprender las causas de un problema no significa tener que aceptar sus consecuencias sin reaccionar.
Con Ceuta sucede algo parecido. Defender los derechos humanos es perfectamente compatible con exigir una frontera segura. España necesita blindar de verdad la frontera de Ceuta, reforzar de manera suficiente y permanente a Policía Nacional y Guardia Civil y dotar a los servicios de Extranjería de funcionarios y medios tecnológicos suficientes. Y hacerlo no durante unos días, hasta que las cámaras miren hacia otro lado, sino con planificación y continuidad.
También hay que acelerar las devoluciones de quienes legalmente puedan ser devueltos. Con la máxima rapidez, pero individualizando cada caso, identificando correctamente a cada persona y respetando las garantías de nuestro Estado de derecho. Rapidez y legalidad no son incompatibles. Para ello resulta imprescindible Marruecos. España necesita acuerdos claros y urgentes que garanticen la identificación y readmisión de sus nacionales. Si son necesarios sistemas biométricos, equipos especializados, más funcionarios o cooperación europea, deben utilizarse. No olvidemos que la frontera de Ceuta es también frontera exterior de la Unión Europea.
Y habrá que aclarar qué ocurrió antes de esta crisis. Si existían avisos, quién los conocía, qué información manejaban los servicios de inteligencia y por qué escuchamos versiones contradictorias sobre lo que se sabía o no se sabía. Porque gobernar también consiste en anticiparse. El buenismo no sustituye a la planificación y la improvisación no puede ser una política migratoria.
Pero existe otra frontera que debemos blindar: la que separa el legítimo hartazgo de la xenofobia. Quien quema pertenencias de migrantes, los persigue, amenaza, insulta o agrede mientras se envuelve en una bandera y grita “yo soy español” no está defendiendo España. Está protagonizando comportamientos intolerables que deben ser perseguidos. Ninguna situación, por complicada que sea, justifica convertir a miles de personas en culpables por su nacionalidad, origen o color de piel. Esa gente tampoco representa a Ceuta.
Entre el buenismo que pretende que no pasa nada y quienes convierten al inmigrante en enemigo existe un espacio enorme llamado sentido común. Control fronterizo, seguridad, identificación, retornos dentro de la legalidad, cooperación con Marruecos, atención humanitaria y especial protección de los menores. Todo ello puede convivir.
Los ceutíes llevan demasiado tiempo pidiendo recuperar la normalidad. No necesitan discursos pronunciados desde lejos. Necesitan soluciones, medios y rapidez. Ceuta no puede sentirse sola. Su frontera es nuestra frontera, sus problemas son también nuestros problemas y su seguridad forma parte de nuestra seguridad.
Hoxe, máis ca nunca, todos somos Ceuta.
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