Carlos Risco
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
El chalecito anónimo de Marcelo Macías
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Somos seres múltiples. En toda persona habita un niño, un loco, un difunto. Por fuera, quizá parezcamos personas razonable, con los códigos de los adultos, la cosa ejecutiva de salir a hacer recados, eso de saludar al semejante, comprobar que uno va vestido (a ser posible bien vestido y con ropa honradamente vieja) o resolver burocracias sesudas con una firmeza ejemplar. Pero por dentro, ay por dentro. Es ahí donde sucede lo mejor de uno mismo. El ojo que sueña, el niño travieso, la aventura privada y secreta. Aquí se gobiernan las decisiones importantes: gritar en el túnel, buscar el viento en contra, dar el saltito en el charco. Ninguna de las autoridades íntimas debería mandar sobre las demás y se debe guardar espacio para toda esa convivencia coral. Quizá sea la única receta para una vida cuerda, en la que caben los sueños infantiles, los proyectos imposibles que nacen en las tripas y estallan sin ser consultados con la mente y también las decisiones importantes, como rebuscar en la alacena algo para cenar o valorar si debemos caminar hasta la ermita o subir al mirador.
Ese era el paseo que hacía el tío Vicente hasta la casa de los Outeiriño para llevarle el artículo diario, probablemente entre huertitas y silencio.
Conviene engrasar todo mecanismo que sueña. Porque es capaz de llevarnos en una fantasía propia, donde todo es hermoso y biensonante, cuando somos capaces de escuchar a la piedra que habla y el río que razona. Lo que se enciende en nosotros en un paseo despreocupado, cuando somos capaces de transitar por el paisaje que está debajo y encontrarnos con los difuntos que un día fueron los vecinos de todo esto. Es entonces cuando la mirada está más limpia y el corazón en su sitio y podemos rescatar la belleza de entre el horror, comprender la ciudad moral que late por debajo la ciudad de superficie. Sólo entonces nuestro caminar será verdaderamente transformador, porque los sentidos se afinan y recibimos al afuera como una revelación.
Un ejercicio simple es caminar por la calle Marcelo Macias desde el cadáver hormigonado del jardín del Posío. Caminar como si quisiéramos abandonar la ciudad y sus malos rollos. Podemos sentir vivamente cuando esta calle fea, prescindible, enteramente demolible, era el viejo camino de entrada a Auria. Ese era el paseo que hacía el tío Vicente hasta la casa de los Outeiriño para llevarle el artículo diario, probablemente entre huertitas y silencio. Ahora es una aventura de supervivencia, con un tráfico tremendo, de atasco permanente y una infinidad de casas baratas, de aluvión, en malos materiales y de pésimo gusto. Pero entre algún descampado que se usa como parking, sobrevive algún chalecito honesto, esperando la herencia y el pelotazo, queremos suponer, aunque se cuela en el pecho como lo más rescatable de esta avenida cenicienta. Es imposible no emocionarse con estas casitas cerradas que una ciudad honorable regresaría a la vida, pero quizá los que deciden no sueñan y son incapaces de disfrutar de un paseo con ojos de chino, felices de vivir y con el sol en la chepa.
Y como en un cuadro de El Bosco, cuanto más miras, más ves. Y la pobre calle de Marcelo Macías, que puede parecer agotada de cosas buenas, va regalando tesoros, como el chalecito de piedra del número 172, con su hermosa puerta de entrada y la ventana en arco. Un poco de intimidad con esta casa nos hace soñar con un tiempo de desaceleración en el que la prisa no importe. Al verlo, con su huerta y sus carboneras, uno sueña con ese día en que podamos entrar y salir de la ciudad a pie o en bicicleta. Un tiempo en el que no cueste pensar que esta ciudad es maravillosa.
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