José Ángel Vázquez Barquero
La Ribeira Sacra, una candidatura de Estado, un proyecto de país
Ceuta se ha convertido en el escenario de una tragedia. En esta ocasión, de una magnitud difícilmente imaginable, superando incluso crisis migratorias anteriores como la vivida en 2021. Con otras circunstancias pero con idéntica constante: la inmigración irregular vuelve a convertirse en un instrumento de presión geopolítica en el que siempre terminan pagando el precio los más vulnerables.
Las dramáticas imágenes vividas estos días en el espigón del Tarajal, con un centenar de fallecidos y agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado rescatando a menores, hombres y mujeres en condiciones extremas, constituyen la consecuencia de una cadena de decisiones, omisiones y circunstancias que merecen análisis.
Marruecos mantiene habitualmente un férreo control sobre sus fronteras cuando así lo considera necesario. Por eso resulta inevitable preguntarse si una movilización de miles de personas hacia un punto tan sensible como el Tarajal podría haberse producido sin, al menos, una relajación de ese control por parte de las autoridades marroquíes. No sería la primera vez que los flujos migratorios aparecen ligados a momentos de especial tensión diplomática entre ambos países.
Cuando cientos de personas observan que otras están alcanzando territorio español, la percepción cambia: el miedo disminuye, la esperanza aumenta y la masa termina moviéndose como un único cuerpo. En cuestión de minutos, una frontera puede convertirse en un embudo imposible de controlar.
España también debe preguntarse qué falló. Los servicios de información existen precisamente para anticipar escenarios de riesgo. Resulta difícil creer que una concentración de miles de personas preparadas para acceder masivamente a Ceuta no dejara señales previas. Quizá no pudiera preverse la magnitud final de la tragedia, agravada por el poderoso efecto llamada que generaron las imágenes de cientos de personas consiguiendo cruzar, pero sí debieron activarse con antelación mecanismos extraordinarios de prevención y respuesta.
El efecto llamada también responde a un comportamiento colectivo. Cuando cientos de personas observan que otras están alcanzando territorio español, la percepción cambia: el miedo disminuye, la esperanza aumenta y la masa termina moviéndose como un único cuerpo. En cuestión de minutos, una frontera puede convertirse en un embudo imposible de controlar.
El resultado ha sido devastador. Al menos un centenar de personas fallecidas, entre ellas menores, familias destrozadas y unas imágenes que seguirán ocupando titulares durante tiempo. Frente a ese drama humano sobresale también la actuación de la Guardia Civil, la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas. Muchos de sus integrantes terminaron completamente exhaustos tras rescatar del agua a niños y personas atrapadas entre la multitud. Su intervención evitó que el número de víctimas fuera todavía mayor.
Precisamente por respeto a quienes estuvieron sobre el terreno resulta obligado preguntarse si contaban con todos los medios necesarios. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no pueden afrontar una avalancha de estas dimensiones únicamente con profesionalidad y vocación de servicio. Necesitan planificación, inteligencia, recursos materiales, refuerzos personales, normativa y protocolos adaptados a escenarios de crisis.
España precisa una política migratoria que combine humanidad y eficacia. Eficacia para impedir que las mafias, el descontrol o los intereses políticos conviertan a miles de personas en un instrumento de presión internacional.
También necesita una política exterior firme. Ningún Estado puede aceptar con normalidad que la gestión de los flujos migratorios dependa de la coyuntura diplomática del momento. Si la inmigración se convierte en un instrumento de presión política, pierden todos: quienes arriesgan su vida en el mar, quienes deben proteger la frontera y también los ciudadanos de Ceuta, que durante estos días soportan una situación extraordinariamente compleja con graves consecuencias sociales, económicas y de seguridad.
Bajo mi punto de vista, aquí se han alineado una serie de factores que han conducido a este drama: la relajación de la vigilancia marroquí, la acción de las mafias, el efecto llamada por la sentencia del Supremo y por ver que otros compatriotas daban el paso así como la falta de anticipación de España al movimiento en masa.
Las fronteras no son únicamente una línea sobre un mapa. Representan una responsabilidad compartida entre los países de origen, tránsito y destino. Mientras esa responsabilidad continúe utilizándose como un elemento de presión política, el riesgo de volver a contemplar tragedias como la vivida en el espigón de la muerte, el Tarajal, seguirá existiendo. La próxima vez que suceda algo así nos preguntaremos por qué seguimos sin aprender de las tragedias anteriores.
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