Chicho Outeiriño
DEAMBULANDO
Cien millones de turistas, mas pólvora para un crecer, crecer
DEAMBULANDO
Estas nuestras playas van perdiendo la virginidad de las que las dotamos; será que somos tantos que lo invadimos todo, en esa constante que es el crecimiento de habitantes sobre la Tierra: Hay que crecer, aumentar el número de humanos, en una política suicida en la que se ha insertado la creencia de que si no se crece se retrocede. Con ese soniquete tratan de abrumarnos los que mandan. Uno va viendo lo perniciosos de esa tesis a la que se aferran los gobernantes como si el creced y multiplicaos” bíblico presidiese su constante actuar. Acojona, contemplándose uno a si mismo, lo demandantes que somos de recursos, cada uno en su esfera de actuación. Nos hacen percibir que sin crecimiento hay retroceso y por qué no mantenimiento, se pregunta uno, pero pronto se va cediendo a la premisa del crecimiento y ya somos arrastrados por la incontenible riada que abruma los recursos del planeta por tanto demandante.
Consumir lleva aparejada la reducción de recursos de la naturaleza y éste es el problema con el que convivimos de manera imparable.
Este crecimiento implica más presión sobre el medio, más reducción del espacio natural. Los turistas que van a invadir este año nuestro territorio andan rondando los 100 millones. Una barbaridad que precisa de unos recursos, que mermados a pasos vista, como son los hídricos. Si cada uno precisa de hasta 50 litros para beber y lavarse, nuestras reservas se verán afectadas, cuando dicen que, malamente el agua que tenemos da escasamente para la población autóctona, ¿cómo vamos a sostener a unos turistas que nos duplican en número? El gran negocio, el sostén por el que todos suspiran no deja de ser una falacia propiciada por el consumo al que abocados los ciudadanos del mundo por tanta propaganda a través de los medios que incitan a una descontrolada compra de todo lo que se muestre y donde el viajar a donde sea, asequible para todos. Consumir lleva aparejada la reducción de recursos de la naturaleza y éste es el problema con el que convivimos de manera imparable.
Alarma el que las comunidades del norte del país, las que más lluvias reciben, se estén planteando la reducción del consumo de agua para sus ciudadanos, acaso sin pensar en la avalancha de turismo que se prevee. Si en el Norte ya hay problemas, ¿qué le quedará al Centro y Sur del país?
Solamente el antes llamado turismo de zapatilla, el mochilero, que fue el más abundante ahora relegado por el de la clase media viajera que más agua va a consumir lo mismo que el turismo rico. 100 millones de personas es un desfase. Tal vez mirando a la hostelería se llenen las arcas, y en otros sectores basados en un turismo llamado salvaje, por desmadrado. Como el fenómeno es imparable nuestros embalses mostrarán sus cauces como páramos agrietado por la sequía, y no importa que el aporte de las lluvias haya colmado algunos por un mayo lluvioso, que si no llega a ser por la alta pluviosidad, ya las restricciones camparían ahora mismo.
Creced, creced, malditos, bramarán desde sus tribunas los políticos inconscientes del cambio climático que tanto aprieta cuando ni aun lo sospechábamos en aquellos calores de mediados del pasado siglo que nos hacían dormir (un decir) al raso en la terraza. Entonces sí que en un país arrasado por una devastadora guerra de tierra quemada emprendida por el bando a la postre vencedor se invocaba el crecimiento poblacional, se promovían las familias numerosas con incentivos, porque escasa la población por los matados y expulsados. Eran los tiempos duros del franquismo, pero ahora, rozando los 50 millones de habitantes, el crecer se muestra como improcedente. ¿Qué beberemos? Mientras, la incógnita no es de ahora mismo, porque abundantes en todo nos creemos. Pero ya las restricciones amenazan en un cercano horizonte del que aun inconscientes mientras el Miño fluya.
Como última locura, a modo de profecía de lo que se nos viene encima, era lo que la Xunta declara como Turismo Sostible, la invasión de la Playa das Catedrais, ayer mismo en la costa cantábrica de Lugo, donde miles y miles de personas dirigidas por megáfonos formaban filas paralelas que de seguir así taparán todo el arenal. Un despropósito de lo que se nos viene encima.
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