El placer de un ritual pausado

Publicado: 24 jul 2026 - 05:49
San Vicente do Mar
San Vicente do Mar

No necesito cruzar medio mundo para encontrar mi paraíso. Mi día de verano ideal empieza siempre en el mismo lugar: San Vicente do Mar. Hay destinos más exóticos, playas más lejanas y hoteles más espectaculares, pero ninguno consigue hacerme sentir en casa como este rincón de las Rías Baixas.

El mar está tranquilo, el olor a sal lo llena todo y el día parece prometer que aún queda mucho verano por delante.

El despertador suena a las ocho de la mañana. Todavía hace fresco y el paseo de madera que bordea la playa está casi vacío. Me calzo las zapatillas y bajo al piso de abajo, donde ya me espera mi padre. Tenemos un ritual innegociable: caminar deprisa, o al menos todo lo deprisa que él considera razonable, mientras hablamos de cualquier cosa. El mar está tranquilo, el olor a sal lo llena todo y el día parece prometer que aún queda mucho verano por delante.

Al terminar la caminata hacemos una parada obligatoria en Pan e Máis. Salimos con una bolsa de cruasanes recién hechos que perfuman el camino de vuelta. En casa nos espera el resto de la familia para desayunar juntos, sin prisas, con ese lujo tan escaso el resto del año: el tiempo.

Después mi marido y yo bajamos a la playa. No hace falta hacer grandes planes. Leer unas páginas, darse un baño cuando el agua parece soportable, llamar a mi madre, dejar pasar las horas al sol y conversar sin mirar el reloj. El verano, para mí, consiste precisamente en eso: en recuperar el placer de no tener ninguna prisa.

Cuando llega la hora de comer ponemos rumbo a A Meloxeira. Pocas cosas saben tanto a verano como una mesa frente al mar en ese restaurante. Allí todo me recuerda que estoy exactamente donde quiero estar. Y, si hay sitio para el postre, llega el momento que espero cada año: su torrija. No sé si es objetivamente la mejor del mundo, pero para mí no tiene rival.

La tarde suele continuar con un paseo por A Toxa. Caminar sin rumbo, entrar en el Gran Hotel, tomar un café, comprar algún collar o simplemente disfrutar de esa luz que solo tienen las tardes de verano en Galicia.

Y cuando cae la noche llega uno de mis momentos favoritos. Quedo con mis amigas en el Náutico de San Vicente. Nunca importa demasiado quién toca. De hecho, parte de la magia consiste en descubrir un concierto sorpresa, con una botella de Maeloc en la mano, el sonido del mar de fondo y la sensación de que el verano todavía es infinito.

Supongo que un día perfecto no tiene por qué ser extraordinario. El mío está hecho de pequeños rituales, de lugares que conozco de memoria y de personas con las que siempre quiero compartirlos. Si al acostarme siento que el día ha transcurrido exactamente así, sé que he tenido el mejor verano posible.

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